En el Terreiro do Paço, el capitán de caballería Salgueiro Maia salió de entre sus hombres. Armado de una granada, avanzó sin escolta hacia el tanque que defendía el Ministerio del Ejército. Tras breve parlamento, un coronel dio orden de abrir fuego contra él. El tirador que le apuntaba, bajó el arma. Los defensores se unieron a los asaltantes. Poco después, Maia convencía a Marcelo Caetano de la oportunidad de mudarse a Brasil, vía España, poniendo fin a la decana de las dos dictaduras ibéricas.

En las bocas de los fusiles de asalto de las tropas, los paisanos prendieron claveles. Rojos y blancos. Ocurre que así son los claveles que venden las floristas, y los lisboetas habían cogido las flores de abril en un puesto cercano. Para celebrar la Libertad, no la victoria del Atleti, la noche anterior, frente al Celtic de Glasgow. De hecho, cada clavel es un sujeto: es rojo, benfiquista, o blanco, madridista.
Entonces no conocía Lisboa. Quiero pensar que no participaba del ignorante desprecio por lo portugués, tan común en España, pero tampoco puedo asegurarlo. No podría conocerla, en cualquier caso, porque la Social me había retirado el pasaporte. Recuerdo bien, años después, la primera vez que la miré a los ojos y me enamoré de Lisboa para siempre. Sucedió la madrugada siguiente de haber visto en Madrid una película enigmática de Alain Tanner, que protagonizaban Bruno Ganz y Teresa Madruga. Conducía un Seat Supermirafiori, y entonces no había autopistas.
En cuanto al Atleti, seguro que no presté demasiada atención a aquella semifinal. Como el doctor Caetano, andaba yo ocupado en gestionar mi propia mudanza. Más corta y llevadera: de la prisión de Carabanchel, a la Plaza del Perú.
Era un chaval sin miedo. Pero unos días después, por San Isidro, lo pasé. En la Copa de Europa, y nací con ella, sólo esa vez he sentido pavor. Estaba a punto de concluir la prórroga de la final, entre dos equipos que nunca la habían ganado. En un libre directo, Luis envió el balón al fondo de las mallas del Bayern Múnich. A punto de verificarse, no tenía consuelo para mí la amenaza de que los rojiblancos fueran campeones de Europa, y con su uniforme de subalterno del Circo Americano, profanaran el Olimpo para mirarnos de frente.
En ese momento amargo, dialécticamente unidos por un balón marca ACME, Schwazenberg y Reina se adueñaron de la escena en los papeles de Correcaminos y Coyote. El resto de la historia es conocido. El pánico se hizo júbilo, y fueron cayendo los años, los hijos y los nietos, y hasta tres veces se hizo preciso ampliar nuestra mejor vitrina, sin más noticias del segundo equipo de Madrid.
Quería esta final. Quedó cerrado el cuadro de semifinalistas, y la deseé con el alma. Como madridista de la vieja guardia; de los que podemos recitar de memoria: Madinabeytia; Rivilla, Griffa, Calleja; Jayo, Glaría; Ufarte, Luis, Mendonça, Adelardo y Collar. De los que nunca recordaremos si en aquellos tiempos era un tal Pesudo o un tal Sadurní, el portero titular de un tal Barcelona.
A la naturaleza de la temporada que están haciendo los muchachos del Cholo, se une que la suerte les asiste. Ya se me dirá la frecuencia estadística de que se lesione el portero del contrario a los veinte minutos de una semifinal. A mi memoria sólo acuden tiempos tan remotos que ni siquiera era posible sustituir al guardameta roto. Le ocurrió a Betancort, en el de ida contra el Inter, vigente campeón al que no serviría de mucho la lesión de nuestro titular, en la edición que finalizó con la sexta Copa de Europa del Madrid.
Así las cosas, intuía que se cruzaban con nosotros o estarían en la Final. En el mismo instante en que Figo desplegó la papeleta del Bayern Múnich, pensé que blues de Mou era un giro polisémico. Hemos hecho cinco goles a los de Guardiola, tanto para ganar la Décima, como para no delegar en los bávaros, por segunda vez, la responsabilidad de impedir que el partido más importante se convierta en la peor pesadilla de los madridistas viejos.
Cuando por fin se hace realidad el pronóstico, me asalta el tedio. En España no hay paraíso. Nos atacará el casticismo más casposo. Saldrá a relucir el pelo de la dehesa periodística. No tendrán piedad. Embrutecerán al personal los vulgares duetos de Manolete y Roncero, reduciendo a lo más cutre la esencia de un episodio épico.
Aún nos separan de la final veinticuatro jornadas mediáticas de demagógica contraposición de modelos (no se hablará del de no deber nada a Hacienda y la Seguridad Social), que habrá que ir tachando en la pared, como un condenado al presidio de la superficialidad vestida de pedantería y la obscenidad intelectual disfrazada de frentepopulismo.
Veinticuatro largos días de enaltecimiento de la entrega, el afán, el compromiso, como si fueran monopolio de ellos o nuestros chicos hubieran goleado al campeón de Europa jugando displicentemente. Cerraremos los ojos, no prestaremos oídos, y desearemos que el transcurso de los días nos libere de ese tormento lo más rápido posible.
Quedará, para el penúltimo momento, el paso de sus catecúmenos por la reposada ciudad. Ya escucho el apagado murmullo de sus cafés, convertido en alboroto y vocerío, las quejas de que todo está viejo y descuidado, mientras los impolutos lavamanos y servicios de sus más humildes casas de comida, se tornan sucios y hediondos. ¿Robaré a la Final esa parte de su magia? ¿Me la robarán ellos a mí? ¿Iré directo al Estadio? Me da pereza decidir. Apago la razón, para volver al punto en que me gusta disfrutarla.
Al decidir que el último ataque del Madrid a la sobrecogedora verticalidad del muro de la Décima se dé en la ciudad que mejor disfruto, frente al rival que peor sufro, evocando sabores agridulces, cuidadosamente elegidos en recónditos lugares de mi infancia, el destino ha querido tentarme con el paraíso. Será una contienda de pronóstico incierto, como todas, pero envuelta en la singular atmósfera de luz transparente que acaricia cada rincón, cada canto, el beco más íntimo de Lisboa. La Ciudad Blanca.
(Publicado en ZOOM NEWS, el 2 de mayo de 2014)