El somatén y la consigna de las estaciones 20.01.14

Si no tocaba pernoctar en la ciudad de paso, uno, que en sus años de estudiante viajaba libros por España, solía confiar la maleta a la consigna, para recuperarla a la hora de subir al correo, o al expreso. Pero de buenas a primeras, viajantes y viajeros se vieron privados de las consignas de las estaciones. Y bendito el trolley, porque sin consignas iban a continuar las estaciones muchos años.

 

¿Quién nos arrebató las consignas? No se me ocurrió culpar al Ministerio de Interior, que probablemente ordenó clausurarlas. Culpé a los delincuentes que percibieron su utilidad para aterrorizar a la población, colocando bombas en su interior. A los siniestros avisos, que obligaban a desalojar las estaciones, para dejar a los artificieros jugarse la vida desactivando un artefacto. Al somatén de la patria vasca.

 

Ahora es de vanguardia odiar el fútbol moderno. Y ponderando la autenticidad del fútbol de antes, pronto acuden, desde algún desván de la memoria, el color gabardina de las enormes gradas de pie; el olor a faria; el sabor, y el calor, del brandy, servido en dedales de plástico por un paisano ataviado con una chaquetilla blanca, que se deslizaba por el atiborrado graderío, abriendo un sendero inverosímil entre la masa.

 

Pero, también de buenas a primeras, con el de la chaquetilla se esfumaron su Veterano, o su Fundador, o su Centenario Terry. Y nos sentaron, expulsando de los campos de fútbol a buen número de aficionados, por pura reducción del aforo, y castigando a las clases populares con el incremento del precio de la localidad que, so pretexto del asiento, compensaría la reducción de entradas en taquilla. Y en ese hito sitúo precisamente el inicio de la agonía del fútbol clásico. ¿Quién tuvo la culpa? La respuesta, en dos escenas.

 

Hinchas del Partizán y del Madrid invaden dos o tres veces el campo para abrazar a sus jugadores, con ocasión de celebrar un gol, o la sanción de una falta, que la ansiedad lleva a los madridistas a confundir con el pitido final. Guardias con abrigos de tres cuartos, corren de acá para allá, despejando a los exaltados que estrujan a los futbolistas. Es la final de Bruselas de 1966.

 

Un hombre corre gritando auxilio. Lleva en brazos el cuerpo inconsciente, quizá exánime, de un muchacho. Bajo el peso de otros miles, cientos de aficionados se aplastan contra las alambradas. Los rostros se retuercen en gestos de dolor. En un pírrico intento de mantener en pie un cuerpo que adivinamos debajo de otros, pero no somos capaces de ver, manos que se agarran desesperadamente a la cerca. Ojos cerrados y bocas abiertas, en muecas exageradas, en los rostros del primer plano. Los brazos penden sin energía, delatando cuerpos sin vida. Aplastados contra la valla, asfixiados. Treinta y nueve cadáveres tendidos sobre el cemento. Eran hinchas de la Juve, muertos en el pánico de la huida de los hoolligans del Liverpool que han saltado a golpearles. Más de seiscientos heridos. Es la final de Bruselas de 1985.

 

No fue la FIFA, por eso, quien sentó a la gente en los estadios, ni prohibió el consumo de alcohol en su interior. No fue la FIFA quien acabó con el fútbol clásico, por más que la supermercantilización, e incluso la corrección política, vinieran después a edificar el artificioso fútbol actual, sobre los despojos de aquél fútbol de escenas entrañables hasta en el desorden, como las evocadas de la final de 1966.

 

Los hooligans ingleses, los ultras italianos, sus remedos en el resto de los países europeos, fueron las parteras del fútbol moderno. Encontraron en el anonimato de las masas en los campos de fútbol un instrumento para aterrorizar a la población, como otros lo habían buscado en las consignas de las estaciones de ferrocarril. Un vehículo para sembrar el nazismo y la violencia entre los jóvenes. Al generar la necesidad de protección de la seguridad pública, fueron los responsables de la adopción de todas las medidas que, pésimamente gestionadas por la organización del fútbol y los clubes, acabaron con el color y el sabor del fútbol clásico. Y aunque el castigo ejemplar cayera sobre el fútbol británico, el fenómeno se había extendido a toda Europa. No se puede olvidar que el año anterior a la tragedia de Heysel, habían sido los ultras de la A.S. Roma quienes habían agredido a los aficionados del Liverpool, en la final celebrada en la capital de Italia.

 

Ni fue inocuo el hooliganismo, ni nunca lo será. Que entre la policía y los clubes lo hayan gestionado hasta erradicar en unos casos, y disminuir radicalmente en otros, los comportamientos violentos en los estadios, no autoriza a reescribir la historia, ni a ignorarla. Pero con ocasión de la supresión de la Grada Joven del Bernabéu, hemos asistido a intentos de esa clase de indecencia intelectual.

 

Mayor indecencia cuando, precisamente, la causa de la decisión de la directiva del Real Madrid fue que una minoría neonazi se había hecho, por la violencia, con la dirección del grupo Ultras Sur, con el declarado propósito de recuperar hooliganismo. “Habían convertido Ultras Sur en una peña más”; “Ultras Sur había dejado de ser un grupo ultra”; “Madridismo es irse a pegar con las aficiones contrarias”;  “El dinero de Ultras Sur para pagar las multas”, han proclamado en las redes sociales los nuevos jefes del grupo, en los momentos posteriores a la toma del poder. Una auténtica declaración de propósitos, que alude despectivamente a los más de diez años sin incidentes violentos en el Bernabéu, que todos —menos ellos, al parecer— celebrábamos.

 

Al escalón superior del despropósito, suben quienes generan el problema y se venden como solución. Cráneos esclarecidos pregonan que los madridistas necesitamos un somatén que nos defienda del mundo. El viejo negocio de la protección, tan común a los clanes sicilianos y esa clase de organizaciones no gubernamentales. No supo entender la policía holandesa su benéfica función, la vez que detuvo a alguno de los nuevos jefes en el aeropuerto de Amsterdam, por transportar una bolsa con palos de pelea.

 

El sábado, los del cuento del somatén celebraban gozosos que, en un incidente aislado, unos descerebrados hubieran golpeado a un madridista, por no dejarse robar el estandarte que, en recuerdo de Juanan, había presidido la grada madridista del Villamarín. Para no ser “niñas primaveras”, la respuesta proporcional habría sido incendiar el barrio de Heliópolis, digo yo. Y Roncero y su torero haciéndoles la ola. Venga rayas de caspa para el madridismo de anabolizantes y testosterona. “Hasta el morir”.

 

(Publicado en ZOOM NEWS el 20 de enero de 2014)

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