Hacia el final de su vida, escribió Jenofonte que «es propio de un hombre inteligente sacar provecho, incluso, de los enemigos». Reconozco una autoridad especial a estas palabras. Fueron escritas por un hombre que, siendo mercenario, cuando joven, al frente de Los Diez Mil, tuvo que abrirse paso mil millas a través de territorio enemigo para escapar a la furia vengativa de Artajerjes II, que había mandado asesinar traicioneramente a sus jefes. Tan infeliz como heroica expedición, inspiraría en Jenofonte la Anábasis. Medio siglo después, Alejandro Magno utilizará esta obra para planificar la guerra de conquista del Imperio Persa, demostrando el macedonio, de paso, cuánta verdad encierra la máxima del ateniense.
El futbolista inteligente debe sacar provecho de eso que llamamos rivalidad o competencia por un puesto en el once. “El que ve que su enemigo es un rival de su vida y su fama -escribe Plutarco, en una diatriba que desarrolla el pensamiento de Jenofonte- examina con cuidado sus acciones y ordena su vida”. El compañero de trabajo como enemigo. O el enemigo compañero de trabajo. Endiablada síntesis, que anuda enemigos que comparten un objetivo común. La victoria del equipo se sitúa en un orden superior al del propio interés y, sin embargo, se sirve de éste. Cuanto mejor prepare a cada uno de los contendientes ese combate interno entre enemigos compañeros de trabajo, más probable se estará haciendo la victoria frente al enemigo externo del conjunto. Así, paradójicamente, el propósito egoísta de sacar del once, o evitar que a él acceda, un enemigo al que nos ligan los objetivos colectivos, facilita el logro de las metas del equipo.
Estaba yo en esta reflexión. Se me quería deslizar el pensamiento hacia el más suave camino de que sólo los equipos verdaderamente grandes, sustentados por clubes en extremo potentes, podrían permitirse que la rivalidad por entrar en el once se dé entre pares de calidad excelente. Y de cómo eso, que en el fútbol del pasado se hubiera considerado una locura, comenzaba a ser cada vez más una exigencia de un calendario sobrecargado, por criticables motivos que no son del caso aquí. Un imperativo de querer disputar, de verdad, no digo sobre el papel, todas las competiciones. Y de cómo ese objetivo sólo era razonable para media docena de equipos, de entre los centenares inscritos en la máxima categoría de sus campeonatos nacionales: La élite del fútbol mundial, es decir europeo.
Sabía, claro, que no había concluido el razonamiento sobre cómo la competencia egoísta entre individuos contribuye al objetivo del equipo. Y me quería imponer la disciplina de agotarlo, aunque el sendero fuera más árido. Que la competencia sea justa, me decía, es la condición de que el estímulo de superación exista. Debe existir un criterio constante para elegir a los titulares. Su apreciación, como todas las que hace un sujeto, será subjetiva, pero el criterio debe ser de alguna manera objetivable; ajeno a otros factores que el desempeño deportivo presente y la adecuación de las características físicas y técnicas de cada futbolista para el diseño táctico específico de un partido concreto. De la necesidad de un juez justo, en suma, que dirima el pleito entre los contendientes por un puesto en el once. En su ausencia, el edificio se derrumba. Si la titularidad se atribuyera en razón de otros criterios, para ninguno serviría de estímulo de superación este proceso. Ni para el futbolista que se siente invulnerable, porque se le ahorra la competencia por el puesto en el once, ni para el que se siente frustrado, porque se le escatima la posibilidad de acceder al once en condiciones de igualdad.
Estaba en juntar mimbres, digo, y me tocaba armarlos. En esto, la barahúnda del aquelarre mediático formado alrededor de una decisión deportiva del entrenador Ancelotti, en el primer partido de la temporada, vino abruptamente a interrumpir mi reflexión. Más que a interrumpirla, a dejarme sin ganas de continuar con ella.
La decisión del entrenador había sido asumida con toda normalidad por la siempre complicada grada del Bernabéu. Lógico. Nadie, por otra parte, se atreverá a negarlo a un testigo presencial. Mi caso. Y sin embargo, un conjunto conocido de los actores del tinglado mediático se ha precipitado sobre ella. Evocan esos animalitos de tres metros de envergadura que planean en círculos concéntricos en el cielo extremeño, cuando una vaca muere en el campo. También forman batahola, cuando caen sobre el cadáver de la res. Me abstendré de dar nombres concretos, para no avergonzar a sus hijos. O a sus nietos. Palpable demostración de quiénes, en realidad, integran “la minoría ruidosa”.
Tengo el privilegio de ser seguidor de uno de los equipos que completa la media docena de la élite mundial a que me he referido antes. Una posición que, no está de más remarcarlo, puesto que tanto prestidigitador se empeña en ocultar con sus tretas la realidad al madridista, no era la misma hace sólo tres años. Por deméritos propios, nuestro Real Madrid se cobijaba en el segundo bombo de los sorteos de la Champions. Pertenecer a esa élite mundial no lo dan ajados laurales de otros tiempos, sino la capacidad actual del equipo. Una aptitud que se construye, se gana y se pierde, en el día a día. Con los actos cotidianos.
Tengo la desgracia de que a mi equipo se le trata de hurtar la normalidad. La base de esa construcción cotidiana de la competencia. Competimos con ese hándicap añadido, que no lleva a cuestas ninguno de los grandes equipos del mundo a los que nos enfrentamos. Pero es más, ningún equipo del planeta ha vivido jamás la experiencia paranormal de que se desacredite por los medios a un entrenador, diez minutos antes de empezar a dirigir su primer partido, por alinear a uno u otro guardameta. Salvo los de pueblo, de dos de los cuales me honro en ser socio. Ninguno. Seguro. Y menos, a base de argumentos que sólo suscribiría un quinceañero, trufados de insinuaciones insidiosas.
No preciso elevar a nuestra directiva y a nuestro cuerpo técnico el deseo de que hagan oídos sordos al barullo mediático, y mantengan la calma y la normalidad. Estoy seguro de que lo hacen, y lo continuarán haciendo. Pero sí me atrevo a pedir a esos buenos madridistas, entre los que me cuento, que huyan como de la peste del guerracivilismo, que inocula cierto periodismo deportivo. Es, desgraciadamente, el método de abordar la cuestiones más nimias, que impone cierta forma de hacer periodismo en este país. Si se puede llamar, con propiedad, periodismo, a ese modo de ocupación de los medios de comunicación social. Pido a los madridistas que estén con su entrenador, cualquiera que sea la decisión que tome al hacer la alineación. Ninguno de los aficionados tenemos mejores criterios deportivos que los suyos, para saber a quién tiene que alinear. La reacción útil e inteligente a las patentes campañas orquestadas para imponer a alguien, no consiste en exigir a otro alguien. Consiste en confiar. En que nuestra confianza se transmita. Un entrenador competente siempre tratará de hacer la alineación más conveniente para la victoria del equipo que dirige.
Puede parecer que me protejo en una actitud estoica, pero no. Estoy con Jenofonte. Si somos inteligentes, sabremos aprovechar a nuestros enemigos para ser más fuertes. Antístenes, fundador de la escuela cínica, lo dejó dicho hace dos mil quinientos años: “Los que quieren salvarse necesitan amigos auténticos o enemigos ardientes”. Nosotros, conocemos a los nuestros. A todos.
(Publicado en ZOOM NEWS, el 21 de agosto de 2013)