Las razones de Del Bosque

 

Me pide en ZoomNews que escriba sobre la “deselección” de Arbeloa. No sé por qué piensan en mí, y se me hace cuesta arriba. Tengo los cinco sentidos en la Final de Lisboa. El Mundial es una vaga idea, tan lejana como ajena.

 

Por afán de animarme, encuentro la ventaja de que no he leído un solo párrafo ni he escuchado una sola opinión sobre la cuestión. Le pedí a Javier Avendaño que me enlazara unas declaraciones que supe que había hecho Vicente Del Bosque, y luego no las he leído antes de ponerme a escribir. Y he participado, sí, en los ánimos que desde la Grada del Fondo Sur hemos dedicado a Álvaro Arbeloa, mientras calentaba sobre el césped, en el descanso del partido con el Espanyol. Si se quieren interpretar así, y no como el saludo al guerrero herido que regresa, ésta ha sido mi única intervención en la polémica.

 

Como todos los hombres de una pieza, Álvaro Arbeloa es un tipo que lo tiene difícil, porque todos los hombres de una pieza se lo ponen difícil a sí mismos. Una vez no pude resistir la tentación de arriesgarme a emborronar con mi opinión el sencillo “concepto Arbeloa”, que se contiene en las palabras de Ángel del Riego (@la_meseta_uber) en la página de Primavera Blanca. Fue para celebrar al Arbeloa que disfrutamos en su memorable partido frente al Galatasaray, esta misma temporada. No correré esta vez el mismo riesgo, porque lo siento del todo innecesario.

 

No hay cuestión Arbeloa. El seleccionador tiene el derecho y el deber de llevar a la selección a los jugadores que entienda que mejor pueden contribuir al logro de su objetivo final que es la victoria en el Mundial. Y debe responder de sus decisiones en función de los éxitos o los fracasos que se derivan de ellas. Punto.

 

Cualquier aproximación a este asunto que no respete este principio, me parece profundamente errónea. No niego la posibilidad de analizar y criticar las decisiones de formación de la Selección. Faltaría más. Aludo al fundamento mismo, a la legitimidad de adoptarlas, que se niega implícitamente en muchas de esas críticas. Los criterios que prioriza para la formación del conjunto también pertenecen al seleccionador. Es suya la legitimidad de establecerlos. Puede ser que, de verdad, lleve a su tercer portero porque es bueno para mantener la moral de su tropa -como se dice-, cuando su desempeño a muchos nos parece netamente inferior al de otros guardametas de la Liga profesional española. Asume la responsabilidad de establecer sus criterios, y si es coherente con ellos, la ejerce, precisamente, al elegir.

 

La selección española no es una oposición a auxiliares del Ministerio de Comercio. Y la tendencia a confundir los sistemas de selección es puro despropósito. Porque no los confundo, y tengo los míos propios, si yo fuera el seleccionador -como reza el tópico que queremos ser cada español-, aunque ésta que acaba no haya sido quizá su mejor temporada, Arbeloa estaría en mi equipo.

 

La polémica sobre la que ZoomNews se interesa en mi opinión, sólo se produce a causa de la política de gestos del seleccionador. Conscientemente o no, se ha envuelto en la infantil arquitectura de los buenos y los malos chicos, que con una exhibición impúdica de doble moral y falta de criterio, han proyectado sobre la opinión pública los centuriones de su legión de tiralevitas. El seleccionador español, en distintas declaraciones, se ha prestado a poner muchos ladrillos en el edificio resultante, de peor gusto que la casa de Andrés Iniesta en Fuentealbilla.

 

Vicente Del Bosque -y no es que le conozca mucho, pero alguna ocasión hemos tenido de hablar de persona a persona- cree sinceramente que el fútbol debe ser un ejemplo para la infancia. Otros pensamos, igual de sinceramente, que ese tópico o encubre la realidad o carcome el espíritu del fútbol. A la homilía puritana y bienpensante, he opuesto muchas veces que su condición de anomalía social invalida el fútbol como referencia de valores o modelo educativo. Es una perversión pretender que la infancia se mire en un espejo deformador de la realidad, un modelo de sólo éxito, que devuelve la imagen de unos chavales con una instrucción generalmente limitada y extraordinarias habilidades psicomotrices específicas que son millonarios a los veintitantos, mientras vela la miseria de la trastienda de la hectárea de césped reluciente, y encubre las actuaciones no transparentes de toda suerte de actores, algunos decididamente oscuros, que mediatizan el éxito.

 

No puedo creer, y lo siento mucho, que las constantes referencias al juego limpio de Vicente Del Bosque sean sinceras. Sus declaraciones y sus silencios, su opinión o ausencia de opinión a requerimiento, en referencia implícita a situaciones protagonizadas por según quienes sean los actores y perjudicados, le han marcado. Este reproche mío le traerá sin cuidado, por supuesto. Desearía poder creer que también le han traído sin cuidado, en cada una de esas ocasiones, las palmaditas en la espalda de su melifluo ejército de zalameros. No casualmente, encuadra a los mismos reclutas que la colérica hueste de odiadores de Ávaro Arbeloa: un tipo que en vez de pagarles el diezmo para que te tapen tus carencias y exageren tus destrezas, que tanto prodigan otros, arma su discurso de verdades como puños. De esas que nadie quiere escuchar sobre sí mismo.

 

Aunque sea inasumible para los amistados a la doble métrica, en los medios de comunicación y en las redes sociales, que nada tienen que envidiar los segundos a los primeros, lo mismo que Mourinho no tenía que explicar por qué no convocaba a Pedro León, Del Bosque no tendría por qué explicar la razón de no convocar a Álvaro Arbeloa. Y si hoy Vicente del Bosque se ve en la tesitura de que se le pidan explicaciones que, en términos generales, no estaría obligado a dar, se debe sólo a que en respuesta al requerimiento de sus aduladores, en sus intervenciones previas ante los medios, el seleccionador se puso en evidencia.

 

Hayan tenido o no que ver en la decisión, sus alabanceros seguro que privadamente se la apuntan. Ocupados en celebrar el éxito de su propósito de sacar de la selección a su odiado Álvaro Arbeloa, poco les importará que en su guerra de ondas y papel la credibilidad del seleccionador muriera víctima del fuego amigo.

 

(publicado en ZOOM NEWS, el 18 de mayo de 2014)

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