Miro de reojo al enemigo —rival, para quien guste de la corrección política—. A tenor de la partitura monocorde, desafino. Nunca supe cantar los salmos «ser fieles a nuestro estilo» y «no variar, Señor, nuestra forma de jugar, quienquiera sea aquél a quien tus designios nos enfrenten». Mala propaganda, que la realidad ha desnudado tantas veces.
Aunque les pese a los compositores de la salmodia de los valores, como el fútbol no es la sublimación de la religión, debería estar exento de dogma. Sublimará, si acaso, la guerra, una de sus más reiteradas manifestaciones. Se reconoce, pues, en los dominios de la estrategia y la táctica. Nada tan elástico, tan dúctil, tan sinuoso. Sonrío. Ya siento en mi cerviz la santa indignación de los gurús del fariseísmo rampante y adivino en mi twitter la cólera de todos sus corifeos de escritorio.

De reojo, es postureo. Sólo los idiotas descuidan a sus contrarios. Presto atención a sus fortalezas y debilidades, a identificar las amenazas que representan y las oportunidades que ofrecen. A pesar de los bávaros, Real Madrid y Barcelona disputarán en el futuro inmediato la hegemonía mundial. Antes no era así, pero antes no es ahora. El piperismo madridista más cerril no supo ver la importancia de romper la hegemonía del Barça. Con notable éxito, la atacó Mourinho a partir de un 5-0. Antes de que terminara el año les había ganado una final de Copa. Había demostrado a los suyos que, siendo todavía inferiores en el juego, no lo eran en el manejo del partido; eran capaces de derrotarles en un compromiso de máximos.
Sólo porque Mourinho no estuvo a la altura de reparar la vía de agua que el torpedo Stark les abrió, a renglón seguido el Madrid no les echó de la Champions. Bueno, agua pasada. Hoy cualquier futbolista del Madrid sabe que podían ganar de calle a los de la temporada pasada. ¿Influyó esa realidad en su patética Liga? Quizá. Cuando tratamos de penetrar el Volksgeist de los futbolistas de élite, nunca terminamos de saber. Lo único lógico es que no se lo encuentran, como acaba de revelarnos con sinceridad Álvaro Arbeloa, provocando la escandalizada batahola de todas las beatas.
Volvamos a lo nuestro. Vestuario del Barcelona en tiempos de Guardiola, o sea hace un año. Incubadora de chavales que a todos anunciaban la alegre promesa del futuro, que se niega a la juventud española en cualquier ámbito de la vida real. A la hora de reparar las averías que la edad y el adocenamiento han ido produciendo en su primer equipo, hemos visto cómo se han ocluido las oportunidades de los más jóvenes. Un club que presume de hacerse a partir de sus escuelas, no es capaz de ofrecer, en respuesta a las legítimas expectativas de sus cachorros, un camino distinto de la emigración.
Ni siquiera a los más brillantes. Thiago Alcántara, su más firme promesa, es el paradigma. Con una cláusula moderada, no ha sido renovado, lo que indica el lugar que ocupa en la escala de prioridades de la dirección deportiva. Obras son amores. Cuando Zubizarreta se ha planteado recomponer las líneas más debilitadas por los achaques, ha ignorado lo que tenía en la caseta y ha recurrido al mercado. Lo hizo con Song, que no se ha revelado precisamente un fuera de serie. Rossell ha mirado a ultramar para reforzar una delantera que sin haber conseguido, pese a su mal disimulado empeño, batir el récord de goles del Madrid defensivo de Mourinho, perforó en ciento quince ocasiones, se dice pronto, la portería contraria. Admito, no obstante, que el caso de Neymar no puede ser tomado como patrón. Pero es otra puerta que se cierra.
Algo ocurre. Coca-Cola no es la chispa de la vida, lo sabemos, pero funciona. Sabiendo sumar, cualquiera concluye que eso de la cantera y la chequera, tan grato a la prensa catalana, es propaganda. Pero también funcionaba. La valentía de Guardiola, usando en posiciones clave del primer equipo jugadores con potencial y sin experiencia, se apuntó notables éxitos. Busquets el más significado. Del Barcelona de Laporta y Guardiola no llaman mi atención los muchos jugadores como debutaron, como los que se proyectaron a nivel mundial directamente desde las categorías inferiores. Eso ya no ocurre. ¿Es cuestión de voluntad o de imposibilidad? ¿Se perdió el arrojo, o detrás venían más ruidos que nueces?
Guardiola ascendió a algunos de los puntales de Luis Enrique. Montoya y Bartra, por ejemplo. Tito Vilanova poco o nada los utilizó en una temporada propicia, por las bajas en defensa y la comodidad en la clasificación. El primero podía confiar en la pronosticada salida de Alves, hoy, con Neymar en la plantilla, muy remota. El central, mejor defensa de segunda, no ha contado para Vilanova más allá de los minutos malos de media docena de partidos, a pesar de la baja de Puyol, que no ha jugado ni un tercio de la temporada. Nada indica que la dirección deportiva le tenga en cuenta en la imprescindible renovación de la línea de atrás. Y sin embargo, estos y otros, como el propio Thiago, o el pequeño Dos Santos, creo que ni utilizado, ocupan plaza en una plantilla que, salvo que Neymar haya agotado los recursos, se piensa reconstruir a base de fichajes. ¿Dónde encuentran espacio los que aspiren a abandonar la disciplina de Eusebio Sacristán?
Los blanqueadores de reputaciones, en nada nos estarán hablando de una crisis de éxito. Nada más incierto. Véase el dudoso discurrir de los vendidos o cedidos a equipos alejados de la competición europea, o incluso descendidos, como el Mallorca en el que militaban Giovani y Fontás. Es legítimo dudar de si La Masía prepara para algo distinto que jugar en el Barcelona, que tiene veinticinco plazas en su primera plantilla y aspira a ganar la Copa de Europa. Quizá, los padres deberían volver la vista a Valdebebas, a la hora de elegir escuela para sus niños.
(publicado por ZOOMNEWS, junio 2013)