Vino Gareth Bale. Ninguna recomendación en relación con el asunto. Hice una, sabiendo que era inútil, porque su pretensión no era didáctica sino caustica. Por reproducida “Ética a Florentino”, elevo a definitivas sus conclusiones, incluida la reflexión de Bonaparte sobre cómo la desproporción entre los medios y los fines caracteriza la demencia. Para descrédito de ciertos periodistas deportivos, el fichaje ha durado una eternidad, multiplicando de forma exponencial las oportunidades de ponerse en evidencia. Y en esta larga prórroga, fecundada por el Tata Martino, la demencia se hizo carne.

Se fue Mesut Özil. Ha hecho Arsène Wenger su mejor fichaje y Florentino Pérez su mejor negocio. En libros, al menos. 35 millones de euros, es mucha plusvalía en tres años. Manuel Jabois me reprochó que, antes de la rueda de prensa del alemán, me alineara con los que comprendían la oportunidad: “Vender a Özil es odiar el fútbol”, me espetó. A tan terminante conclusión, sólo podía oponer el reparo de una duda. ¿Ama lo suficiente el fútbol para aceptar el desafío de pelear, en el más grande, la titularidad que su talento le asegura en cualquier otro? Después de Isco, no se podía desdeñar que Bale ya era un factor de la ecuación.
En su rueda de prensa, Mesut pareció despojarme de cualquier atisbo de razón. Fuegos artificiales. Si Mourinho dio un paso atrás en su carrera, al ir de Chamartín a Stamford Bridge, mucho más largo lo da Özil del Madrid al Arsenal. Si lo hace porque pone jugar al fútbol por encima de los títulos, podrá uno empatizar con esa añeja gallardía a lo Coubertin. Pero en el tinglado mega-profesionalizado de hoy, todo parece como si estar en el Mundial fuera prioritario a pelear la Copa de Europa. Nadie duda que Özil es un diamante de brillo singular. Para mí, el media punta con más talento. Mejor que Andrés Iniesta, desde luego, en todo aquello cuya apreciación sólo depende de los gustos del observador. E indiscutiblemente por encima de los registros del manchego, en todo lo que se puede traducir en números. Mi duda es si llegó a ser madridista, en el sentido que daba a la palabra Xabi Alonso, en la célebre entrevista que el mismo Jabois le hizo para El Mundo. Si Özil no se sentía con fuerzas de pelear por poner el 10 en la alineación, la mejor solución era venderlo ahora. En año de Mundial, una suplencia dilatada le habría devaluado para el mercado de invierno. Cuando el Madrid y él mismo tuvieran que aceptar, fatalmente, esa misma salida.
Aceptó, sin embargo, el mismo desafío Diego López. Haciendo oídos sordos a las poco veladas amenazas que, en forma de curiosidad retórica por su próximo equipo, le hacían, a final de temporada, esos insólitos reporteros con opinión editorial en que han devenido los entrevistadores de zona mixta. Rechazó las ofertas que, dada su buena campaña en el Madrid, no faltaban a su agente. Eligió confiar en su talento y en su esfuerzo para reivindicar la portería. A entrenador nuevo, pensó seguramente, todo jugador parte de cero en la disputa de la titularidad. Ese rasgo, tan madridista, le ha costado ser la mayor víctima de la falta de respeto en el falso debate “afutbolístico” que, muy a pesar nuestro, nos condenan a sufrir cada día. El respeto no consiste en hacer protestas de respeto. El respeto no es esa cláusula de estilo que usan los periodistas el segundo inmediatamente anterior a campar por sus respetos, despreciando la consideración debida a Diego López. Eso es hipocresía.
Con el mensaje de que a Iker Casillas se le falta al respeto desde el Club, por no garantizarle una parcela en el campo, como si fuera titular de una hipoteca, los medios faltan el respeto al Club, y más aún a la inteligencia del lector y del oyente. Y tampoco benefician a su patrocinado. En nada favorece su legítimo propósito de recobrar la titularidad, el ruido de esa “moderna prensa deportiva, que merodea los vestuarios y (con abuso de la onomatopeya) teje la tela de araña de la alcahuetería”, magistralmente escarnecida por Ignacio Ruiz Quintano, en su ingeniosa columna “Prensa” publicada en ABC.
A Iker Casillas se le falta al respeto en las redes sociales. Ciertamente. Pero los mismos que denuncian la situación, ocultan las faltas de respeto que, en esas mismas redes, se cometen contra Diego López. O las jalean. Como jalean las faltas de respeto a Carlo Ancelotti y al propio Real Madrid. En las redes sociales se falta al respeto a los dos porteros del Madrid. En “¿Otra guerra civil?” advertí que querían envolvernos en su lío, pero se ve que no tengo mucho predicamento. Tampoco me extraña. Aunque sabemos desde Pablo Hernández Coronado que “es admisible que un socio le pegue un estacazo en el tranvía a un jugador que no se empleó con el debido entusiasmo; pero en el campo no debe contribuir a rebajarle la moral”, la tradición del madridismo ha sido destruir a sus propios jugadores, justo cuando se están enfrentando al enemigo.
A los que queremos que salga adelante este proyecto, dirigido por Carlo Ancelotti y Zinedine Zidane, no nos interesa el ruido. La tranquilidad no excluye, en forma alguna, la crítica. “Las críticas y censuras tienen su lugar adecuado en las Secretarías, en los locales sociales y en las peñas deportivas; mas no frente al enemigo”. Hernández Coronado, pues, tampoco quería silenciar la crítica. Las redes sociales, que el primer Secretario Técnico del Madrid no podía ni soñar, cumplen hoy ese papel de soporte de la crítica, con mucha más eficacia. Crítica afilada, construida con ácida inteligencia, que puede ejercitarse sin perder el respeto. Lo evidencia la precisa crónica del último partido, que hace @jarroson en su blog 20sixdollarsinmyhand. Una página de culto en los círculos del madridismo alternativo.
La falta de respeto hace el juego al enemigo. Los gestores del ruido nos tienen, entonces, justo donde nos quieren tener. El Madrid sólo necesita tranquilidad y árbitros imparciales. No podemos evitar el ruido de los medios. Aunque en Primavera Blanca hacemos lo que podemos para evitar que, sirviéndose de él, le impongan “sus” decisiones a nuestro Madrid. Tampoco podemos evitar las faltas de respeto de los que gritan contra el Madrid, o silban a sus jugadores sobre el terreno de juego, porque el entrenador no prefiere a “su” portero. O a “su” medio volante, o a “su” delantero centro. Pero la “sensibilidad objetiva, técnica y anticastiza”, que dice Hughes, tiene recursos intelectuales sobrados para ejercitar la crítica sin recurrir al insulto y la descalificación. Debemos usar nuestros recursos y erradicar la ofensa.
Hughes no tiene vértigo. Se asoma al vacío para buscar un punto de vista que produzca zozobra en el lector. En este debate se implica con respeto. A todos. Y lo pide para todos, en “Porteros”, publicada en sus “Columnas sin fuste” de ABC. Comparte la confianza en la decisión del técnico, y reclama respeto para ella. Y aunque lo elemental sería inscribirle en la sensibilidad “milagrera, talentuda y carismática”, le negaré ese gusto a su espíritu burlón. Desde la otra sensibilidad, deduzco que su reivindicación de la baraka no es producto de una inferencia holística, sino de su hemisferio izquierdo. A fin de cuentas, el azar es el útil más desgastado en la caja de herramientas del destino, y Hughes un provocador.
La baraka era el argumento recurrente de Iván (@matama96), mi hijo, en el debate futbolístico sobre la portería del Madrid, que nos duró casi una década. Pero de su existencia, ya tuve noticias en mi infancia. El destino condenó a José Araquistáin, fichado a la Real, a ser el portero de la naciente decadencia del Madrid de las Cinco Copas de Europa. En su primera temporada ganó el Trofeo Zamora, y tuvo que tragarse cinco goles del mejor Benfica de la historia en la final de Amsterdam. Dos de Eusebio, en tres minutos. Los que le dieron la vuelta al marcador. La temporada siguiente era el suplente de Vicente Traín. Cuando el Madrid dio la baja a Vicente, años después, recuperó la titularidad. Hasta que una lesión puso bajo los palos a Antonio Betancort, portero sobrio y de reflejos.
No había, para mí, mayor diferencia de calidad entre el canario y el vasco. Pero Betancort tenía baraka. Y Miguel Muñoz sabía mucho de eso. Los balones que iban del palo al campo, si paraba el de Las Palmas, terminaban en la red cuando jugaba el de Azcoitia. Betancort sufrió una rotura fibrilar en la ida de unas semifinales contra el Inter de Helenio Herrera y Luis Suárez. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué Copa de Europa, en la que no se podía sustituir ni al portero! La meta del Madrid terminó a cero, jugando todo el segundo tiempo con un portero cojo. Siete días después, en San Siro, Araquistáin fue el elemento decisivo en la apurada clasificación del Madrid. Y de esta forma enrevesada, cuando más imposible parecía, el destino pagó a Araquistáin la Copa de Europa que le debía. Fue el portero que, en Bruselas, ganó la Sexta frente al Partizán de Belgrado.

El partido contra el Athletic dejó resuelto en el Madrid el dilema de la portería, de momento. Ancelotti anunció quien era su portero, y el Bernabéu recibió a Iker con cariño, pero no puso el menor reparo a la titularidad de Diego. Aunque de matinal, el público era esta vez bastante más parecido al de la Liga. Poco que ver con el que protagonizó el lamentable comportamiento del día del Trofeo Santiago Bernabéu, del que la prensa del Régimen tuvo la desvergüenza de culpar a Ancelotti. Desde el Fondo Sur, los únicos que —a pesar de los reproches que se merecen— animan al equipo en casi cualquier circunstancia, convirtieron en cántico de masas la reivindicación de campaña de Primavera Blanca. Cuando el cántico arreció, repetido varias veces a lo largo del partido, y coreado por muchos madridistas en la grada, “Las manos de la Prensa, fuera del Madrid” dejó de ser para siempre un eslogan de Primavera Blanca. Ahora ya es propiedad del Bernabéu que lo hizo suyo. Un cántico más del madridismo. La prensa deportiva le ha cargado de razones para que lo tenga en su Top Ten.
Con motivo del irritante “parón de selecciones”, el dilema de la titularidad en la portería por fin cambia de equipo. Y de filosofía, por lo visto. Eso de la igualdad de trato como fuente de la injusticia no es un pensamiento original de Vicente Del Bosque. Ya ironizaba Anatole France sobre la magnánima igualdad ante la Ley. Prohíbe, escribió, lo mismo al rico que al pobre, vagar por los caminos, dormir bajo los puentes, y robar pan. La originalidad que el seleccionador aporta al pensamiento, es reclamar que al rico se le permita robar el pan. Las exhibiciones de Víctor Valdés, que en los últimos cinco partidos han dado a su equipo la Supercopa de España y cuatro o cinco puntos en la Liga, no le aseguran estar bajo los palos ante Finlandia. En beneficio de la justicia, me pareció entender. Veremos.
(publicado por ZOOMNEWS, septiembre de 2013)