Como recientemente soy ultrasur, según difunden en Twitter, desde sus cuentas troll, mal disimulados becarios —tontos hasta para el disimulo— de la Prensa del Régimen, me atreveré a mencionar el tema de moda. Al spam, por cierto, le aplico mi propia Lista Robinson. No esforzaos, meritorios aspirantes a roer huesos del “chistu”. O esforzaos, más. O haced lo que os venga en gana, mejor dicho.
Penalti habíamos. Para enlucir las portadas y abrir los telediarios. Para engordar, con un error arbitral a favor del Madrid, esas funciones de pressing catch periodísticoque ocupan el late night televisivo. Y en esto, Mendilibar apagó las luces y se acabó la verbena. Takashi Inui le había dicho que Casemiro no le había tocado. En «el Samurai no puede mentir», aquí en MARCA, Jose María Rodríguez loa el noble comportamiento de Inui. Lo atribuye a una cultura muy antigua fundada en el “Bushido”. Seguir leyendo Mendilibar→
Volvía la Champions al Bernabéu. Y en la previa de MARCA, la charla con Jose Félix Díaz no iba de cómo parar a Kane, sino de cómo ficharle. Cada español, dicen, lleva dentro un seleccionador. Quizá los madridistas llevamos dentro un presidente, con modos de nuevo rico. Seguir leyendo Kane con ‘K’ de Keylor→
Dice Maradona que su gol a Inglaterra de 1986 no es aceptable bajo los estándares de 2017. La disponibilidad del vídeo determina esos estándares. Lo que fastidia a la gente, sostiene, no es demorar una decisión, es que «te cobren algo que no es». Seguir leyendo En la barra del VAR→
Dicen del Bernabéu que tiene un público «exigente». No se puede negar a nadie el derecho a actuar, dentro de la Ley, como le dé la gana. Para pitar paga su entrada, obviedad que alega el protestante cuando cabrea a un vecino de localidad. En las gradas siempre encuentras gente empeñada en que sus futbolistas jueguen lo mejor posible. No incluyo a los que abuchean porque de sobra sabe uno mismo, sea neurocirujano o conductor de autobús, que nunca haría mejor su trabajo con un negrero pegado a la chepa reprochándole su falta de entrega, o de acierto, o incluso haber venido a trabajar. Pagar la entrada les dará derecho a pitar, pero no a ser adulados. Seguir leyendo La falacia de la exigencia→
Si algo no le falta al Madrid es gente que le regañe. No quiero negar la utilidad de la crítica. Lamento, más bien, que le falten críticos porque le sobran amonestadores. Al Madrid se le puede reñir por todo: por tener de presidente a Florentino Pérez; por fichar a Modric; porque a Ronaldo le griten «hijoputa»; por fichar caro; por no fichar; por querer sanear el (des)orden arbitral,… Seguir leyendo Dejad que nos condenemos→
Desde 1917 el Madrid no ganaba el Campeonato de España. Diecisiete años a la sombra del Club más poderoso, el Athletic Club de Bilbao, campeón las cuatro últimas ediciones, en dos de cuyas finales, ambas celebradas en el Estadio de Montjuic, había ganado al Madrid por la mínima.
Tras la final de 1930, resuelta 3-2 con un gol del vasco Lafuente en el minuto 115, la prensa vasca había acusado a los madridistas de comportarse con violencia extrema, aunque de los dos expulsados uno lo había sido a cada equipo. A la final de 1933, que el Athletic ganó 2-1 superando la inicial ventaja madridista, acudió el Madrid con un equipo completamente renovado. Sólo Lazcano, delantero y autor del gol madridista, había formado parte del equipo que disputó la final de 1930, en la que también marcó para el Real un tanto que, a la postre, no sirvió de nada. Seguir leyendo El equipo sin alma (I)→
En los momentos decisivos que le tocaron vivir, cuando la propaganda de los contrarios hacía del baldón «el equipo del Régimen» una verdad revelada, De Carlos no supo defender la imagen del Madrid. Quizá era la persona menos adecuada para ello.
José Luis Núñez, Presidente del FC Barcelona
Al margen de su propio ideario —del que ya dije que no tengo noticia, ni interés alguno por tenerla—, su imagen era la de una persona arcaica, trasnochada, y por lo tanto, fácil de vincular en el imaginario popular al Régimen anterior, a la España atrasada de cuyo pesado caparazón queríamos desprendernos para ser europeos.
En el cambio de paradigma social en España, habían cobrado una importancia inusitada los nacionalismos. Kortabarría e Iríbar, capitanes de Real Sociedad y Athletic Club, portando la Ikurriña al frente de sus equipos, en el derbi vasco de 1976 en San Sebastián, eran el verdadero icono de la situación emergente. Todavía no se habían celebrado las primeras elecciones democráticas, y lógicamente, los nacionalismos catalanista, vasco y gallego se asociaban al antifranquismo. El tiempo dibujará en el futuro muchos matices, pero ese tiempo está por venir. Tanto el Barcelona, como los dos equipos vascos, diseñan apresuradamente un discurso en el que, con mayor o menor grado de explicitación, asumen una posición de representantes simbólicos de sus respectivos nacionalismos.
Kortabarría e Iríbar encabezan la salida al campo de sus equipos en el derbi vasco de 1976 en Atotxa.
En esas primeras elecciones, celebradas un año antes del ascenso de Luis De Carlos a la presidencia del Madrid, Alianza Popular, el partido que hace bandera del nacionalismo españolista, obtiene un respaldo muy reducido, bastante por debajo del PCE, y a muchísima distancia de UCD y PSOE, los dos partidos que reúnen la mayoría del electorado. En las segundas, celebradas cuando Luis De Carlos lleva un año de ejercicio presidencial, el resultado que alcanza la entonces denominada Coalición Popular es todavía peor, casi testimonial.
Santiago Bernabéu había mantenido «la política» fuera del club. Personalmente no sostuvo buenas relaciones con los delegados nacionales de deportes, a excepción de Samaranch, en el breve periodo que —para los tiempos congelados de entonces— desempeñó un cargo reservado a «falangistas». Su liderazgo social le había permitido, incluso, dar muestras de independencia de criterio que, como apuntamos, alguna vez rayaban en la ofensa personal al dictador. Prohibir la entrada al palco del estadio al laureado general Millán Astray, o conceder el saque de honor en el homenaje a Molowny a su amigo Luis Regueiro, el legendario delantero de los años treinta, un «rojo» al que había ayudado a volver de su exilio mexicano, demuestra que sus acciones se ajustaban a sus principios, por encima de la conveniencia política. Después, Saporta, que llevaba las relaciones con El Pardo, se encargaba de poner bálsamo en las heridas.