Dicen del Bernabéu que tiene un público «exigente». No se puede negar a nadie el derecho a actuar, dentro de la Ley, como le dé la gana. Para pitar paga su entrada, obviedad que alega el protestante cuando cabrea a un vecino de localidad. En las gradas siempre encuentras gente empeñada en que sus futbolistas jueguen lo mejor posible. No incluyo a los que abuchean porque de sobra sabe uno mismo, sea neurocirujano o conductor de autobús, que nunca haría mejor su trabajo con un negrero pegado a la chepa reprochándole su falta de entrega, o de acierto, o incluso haber venido a trabajar. Pagar la entrada les dará derecho a pitar, pero no a ser adulados.
Hace un año, ante los compromisarios, Florentino se distanció netamente del relato alabancero a ese público colérico tan mimado en muchos medios. Pero la corrección política todavía confunde el relato de los portavoces del club. Disimular como exigencia la desconsideración con los jugadores, y atribuirle los éxitos del Madrid, es hacer apología del abucheo para alimentar un sofisma.
En la última Liga el Madrid hizo más puntos fuera que en casa. Lejos del Bernabéu marcó diez goles más que aquí. Es raro. Los otros diecinueve equipos sumaron mucho más como locales que como visitantes, y desde 1928 es la primera vez que el campeón puntúa menos en su campo que fuera. La tendencia se ha acentuado. En los últimos veinte partidos de Liga el Madrid invirtió la media inglesa: 46 puntos: 16 en casa y 30 fuera. Mal asunto: Un equipo que gana menos de local que de visitante no aprovecha todo su potencial.
Los datos demuestran que es quimérico el efecto benéfico que la falacia de la exigencia atribuye a un ambiente hostil con los jugadores, que sí genera ansiedad y errores. Pero saber que un futbolista se siente más exigido si, cuando todo va mal, escucha a su estadio corear el nombre de su equipo, no precisa datos: Lo revela la empatía a todo el que no tiene alma de esclavo.
(Publicado en MARCA el 29 de septiembre de 2017)