Si algo no le falta al Madrid es gente que le regañe. No quiero negar la utilidad de la crítica. Lamento, más bien, que le falten críticos porque le sobran amonestadores. Al Madrid se le puede reñir por todo: por tener de presidente a Florentino Pérez; por fichar a Modric; porque a Ronaldo le griten «hijoputa»; por fichar caro; por no fichar; por querer sanear el (des)orden arbitral,…
Todos llevamos dentro un predicador de guardia empeñado en mostrarle al Madrid el camino que le salva de sí mismo. Pronunciamos las palabras mágicas, y se manifiesta: «El Madrid no puede…». Van seguidas de una censura moral, una imposición de corrección política, una demanda de prudencia que, como el propio enunciado expresa, sólo exigimos al Madrid.
A ese mismo Madrid que despegó cabreando a Alfonso XIII, al construirse un campo propio en Chamartín en vez de jugar alquilado en el Metropolitano, como convenía a los negocios del que quería ser su real casero. Al mismo que se enfrentó a la Federación para crear el Campeonato de Liga. Al que recién acabada la Guerra Civil despreció al Ejército y al general Moscardó, jerarca del deporte nacional, al negarse a que le fusionaran con el Aviación Nacional. Al que desafió a la UEFA para promover la Copa de Europa. Al que encargó su estadio de Fuencarral a Félix Candela, el mejor especialista en paraboloides de hormigón, pero exiliado político, ofendiendo al mismo Franco, que entendía de cubiertas menos que de libertades. Al que por fundar y presidir el G-14, terminó el siglo XX a la greña con la UEFA, e inauguró el Siglo XXI cosechando el rencor del jefe de Sánchez Arminio, por mantenerse fiel al voto de la Liga frente a la traición oportunista de un club que tantas veces se le opone como paradigma de lo moral.
Por no escuchar nuestros sermones, el Madrid se irá al Infierno. Pero, mientras, siendo fiel a sí mismo, es el club que más veces que nadie se pasea por el Paraíso.
(publicada en MARCA el 22 de septiembre de 2017)