El club sin discurso (IV)

En los momentos decisivos que le tocaron vivir, cuando la propaganda de los contrarios hacía del baldón «el equipo del Régimen» una verdad revelada, De Carlos no supo defender la imagen del Madrid. Quizá era la persona menos adecuada para ello.

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José Luis Núñez, Presidente del FC Barcelona

Al margen de su propio ideario —del que ya dije que no tengo noticia, ni interés alguno por tenerla—, su imagen era la de una persona arcaica, trasnochada, y por lo tanto, fácil de vincular en el imaginario popular al Régimen anterior, a la España atrasada de cuyo pesado caparazón queríamos desprendernos para ser europeos.

La debilidad de sus respuestas fue patente ante un discurso cada vez más agresivo del enemigo, sobre cuyo éxito se construiría, decenios después, el más general que identifica al Barcelona con la belleza y la virtud, y al Madrid con la fealdad y el pecado. Pero las bases, insisto, de este marco de pensamiento colectivo que hoy parece tan difícil de modificar, se estaban poniendo entonces. Y De Carlos estaba contribuyendo desde dentro, por querer jugar, precisamente, el papel del héroe caballeroso frente al vulgar villano. O quizá no lo quería jugar, pero no supo ni sospechar lo que estaba sucediendo.

 

Parecía no entender que con esos rancios patrones —que además siempre sonaban a retirada— no se podía contestar eficazmente un discurso que tenía fácil calar en una sociedad emergente en la que —unos por convicción profunda y otros por mala conciencia— todos hacían protesta de aborrecer el viejo Régimen.

 

El 17 de octubre de 1979 abandonó la reunión de presidentes en la Federación Española, por no encontrar mejor respuesta a las palabras del presidente Núñez, calificando a los árbitros españoles de parciales a favor del Madrid. Su Junta directiva publicó una nota, al día siguiente, en la que se solidarizaba con la postura de su Presidente, y ante «los agravios recibidos» acordaba «cursar las pertinentes comunicaciones» a la Federación «conforme a lo que determinan las normas y el reglamento en vigor». Y decidía «no asistir a reunión oficial alguna» en la Federación «hasta que los casos planteados tengan la debida resolución».

 

La nota de contestación del presidente Núñez, tras advertir que en la defensa de los intereses del F.C. Barcelona le importaba muy poco que «al Señor De Carlos le guste o no mi lenguaje directo y desprovisto de florituras» terminaba con una puñalada en el tercer espacio intercostal: «Opino que nuevos tiempos exigen nuevos estilos. Circunstancias que no vale la pena recordar obligaron a silencios a través de la historia que sostenerlos hoy sería como traicionar los ideales de justicia y libertad que simbolizan los colores azul y grana».

 

En plena Transición, hasta el menos avisado se hubiera dado cuenta de la necesidad de contestar con la mayor dureza esa nota. Preguntándose, por ejemplo, si esos mismos «ideales de justicia y libertad» habían presidido la decisión del F.C. Barcelona de oponerse a la decisión de la Federación Catalana de que el Madrid de la Madrid bombardeada por la Legión Cóndor disputara el campeonato de Catalunya. Pero posiblemente ese, sí, verdadero agravio, ni siquiera estaba en el imaginario de De Carlos. Con ese presidente, la batalla estaba decididamente perdida.

 

Y sin embargo, tenía una plantilla que no carecía precisamente de ese carácter bronco y combativo de cuya ausencia adolecería en el futuro. Una plantilla en la que se hubiera podido apoyar para construir un discurso meramente futbolístico. Una plantilla con pocos jugadores brillantes, sí, pero capaz de disputar una final de la Copa de Europa. También la defraudó.

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Eugenio Montes Cabeza. Presidente del Sevilla

En septiembre de 1981, cuando todavía no se había recuperado el equipo del impacto emocional de la derrota en París ante el Liverpool, Eugenio Montes Cabeza, presidente del Sevilla, declaró: «Merino González forma parte de la cámara del Real Madrid». De Carlos contestó: «Ofenden estas manifestaciones por provenir de quien provienen» y una vez más, el retroceso: «El Real Madrid, sin que ello signifique su retirada, no pisará más la Federación Española de Fútbol».

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El árbitro Pes Pérez. En la foto con Arconada y Gallego y el árbitro Bueno.

Sus jugadores, que se sentían acosados por la reiterada propaganda sobre los supuestos favores arbitrales, quisieron publicar un comunicado en el que pedían «que los árbitros los elija el equipo rival». Él lo prohibió. Un año después, con motivo de la Supercopa de España, en San Sebastián, a sus futbolistas les tiraban tantos tornillos como si hubieran desguazado un tractor. El Madrid, en un partido que se recordará siempre por su violencia, jugó la prórroga con nueve jugadores. Para entonces, Pes Pérez era ya el paradigma del nuevo árbitro demócrata y actual.

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