«Presi, hagamos lo que hagamos, tienes que renovar a Zidane a final de temporada». Eran vísperas del día del padre de 2016. No aspiraba a que me hiciera caso Florentino Pérez, claro. Pero convencido de que le alcanzarían las opiniones de signo contrario, muchas de gente sin relación emocional alguna con el Madrid, quise que le llegara la de un madridista comprometido con el club. Hacía quince días, el Atlético nos había ganado en el Bernabéu.
Me ha preocupado, siempre, la rotación de entrenadores. Y un turbión de “gilismo” amenazaba con envolvernos si fracasaba Zidane. Por eso me parecía prudente darle tiempo. Por eso, y porque creía en Zinedine Zidane tanto como no había creído en su antecesor. Traer a Benítez fue un error. Dejaba muy expuesto al presidente en caso de un fracaso, que no nos parecía una hipótesis insensata. Y cuando no es que nos fueran mal las cosas, sino que no daban el más leve signo de que pudieran mejorar, la situación se puso complicada. En la Grada fuimos leales hasta el último día a un entrenador al que, pese a su desacierto, nadie pudo reprochar falta de trabajo, ni de compromiso, ni de honestidad. ¡Pero cómo nos subió la moral la llegada de Zidane!
Contra Zidane estuvieron desde el primer día aquellos que gritaban «¡Florentino dimisión!». Por ventura, y por respeto al Madrid, los dioses no quisieron castigar su deslealtad concediéndoles su deseo. La historia demuestra que habrían cambiado un ciclo de tres copas de Europa por una crisis institucional sin salida, que se habría celebrado en Barcelona.
Hoy tengo la moral por los suelos. Se va Zidane. Por segunda vez, cuando toca: en paz y con los laureles. Otra lección de rectitud. Y aunque a alguno le costará entenderlo, es el proceder más generoso, el que da más oportunidades al Madrid. Hasta la vuelta, Zizou. Gracias.
Publicado en MARCA, el 1 de junio de 2018