Con cada final de la Copa de Europa resucita la cuestión de la escandalosa proporción del aforo que se reserva la UEFA. Las entradas, además, que en mayor medida alimentan el tráfico negro de la reventa. En materia de desprecio a la afición, la UEFA no se corta. Lo mismo te deja sin entradas, que te coloca un cordón de fotógrafos entre el equipo que celebra la victoria y sus seguidores (Cardiff). O te mete en graderíos sin agua (ni embotellada, ni corriente) con un calor asfixiante (Milán). O te aparca los autobuses a más de una hora a pie de los estadios, para que a la vuelta haga ejercicio la gente reventada, desorientada a través de itinerarios mal indicados (Lisboa, Milán, Cardiff).
No será directamente responsable —o quizá sí, por imprevisión derivada del desprecio— del caos salvaje en el transporte al aeropuerto y los embarques (Amsterdam); ni del colapso aeroportuario y del transporte al estadio (Glasgow); ni de los embotellamientos de horas en los peajes (Lisboa). Sólo recuerdo Paris, una gran metrópoli, como ajena a esta clase de maltrato.
Pero bate todos los récords del desahogo la designación de un pésimo escenario (no debería poder ser sede un estadio con pista de atletismo), en la mal comunicada Kiev, cuando en las últimas 4 ediciones los 8 finalistas fueron de la Europa suroccidental. En tamaña decisión ya estaban presentes todo el caos y el abuso (Ucrania es 144ª de 178 en el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional) de los que, mucho antes de la final, ya sobran noticias. Y, por supuesto, el sobrecoste del transporte que expulsará a muchos madridistas ejemplares de la posibilidad de apoyar al Madrid.
Pero, amigos, veinte grandes clubes europeos tienen la capacidad de poner punto final a esto. Y sus aficiones, el poder de exigirles que lo hagan.
Publicado en MARCA, el 11.05.2018