Como prometimos, el Bernabéu desmintió a Heynckes. Supo sufrir con el equipo y exigirle hasta el último watio de energía, transformando su propia energía en aliento. Como deseamos, el equipo inauguró un nuevo estilo de compartir con la afición la alegría que sigue al sufrimiento. Como predijimos, Sergio Ramos fue, y ya será para siempre, el capitán de esa nueva expresión de la unidad. Una noche inolvidable.
Los goles propios en que tradujo, esta vez, otra gran actuación Karim Benzema, y las paradas valor gol de Keylor Navas cerraron la boca de silbar a los escasos quintacolumnistas de las noches europeas. Lo bordó, en un tuit, Juancho Gallardo: Karim, Keylor, Kiev. Pero yo, que reprocho a nuestra grada no haber puesto de moda en el estadio —¡a estas alturas!— un cántico a nuestro entrenador, debo reprocharme no haber advertido que Kiev se remata con V de valentía: la de Zinedine Zidane.
Lealtad es una cualidad moral de la que carecen los cobardes. Los veteranos de Primavera Blanca y La Clásica, es hora de decirlo, lo aprendimos bien al crear esta grada. Lealtad es una virtud de situaciones arduas. Al negarse a fichar en enero, Zidane nos demostró saber eso que, decía Bertrand Rusell, es lo más difícil de aprender: qué puente hay que quemar. En enero Zidane soldó su futuro personal al éxito del equipo. Un acto de lealtad que es, en mayo, la causa eficiente del hito histórico que representa la cuarta final del Madrid en cinco años. No se equivoquen más los hinchas del “transfermarket”. Cruzando el puente que quemó, Zidane habría traicionado la determinación del grupo. La que su líder, Cristiano Ronaldo, había afirmado en su soberbio tuit la mañana siguiente de la eliminación en Copa: «Ánimo equipo. Ánimo madridistas. Aún nos quedan muchas batallas por ganar». La brújula que nos ha guiado a Kiev.
Publicado en MARCA el 4 de mayo de 2018