La Décima

El Madrid concluyó la temporada alzando, por fin, su largamente esperada décima Copa de Europa. Símbolo de la reconciliación del Madrid con su esencia, es el cénit de la complicada inserción entre un modelo de negocio y un proyecto deportivo.

 

La nueva temporada responderá a la inquietud que desasosiega a muchos madridistas: Si las decisiones tácticas —exigidas por el modelo de negocio (estratégicamente correcto) de Florentino Pérez, pero susceptibles de distintas formas de concretarse— coadyuvan a la supervivencia del proyecto deportivo, o como ya sucedió en el pasado, se demuestran fatales para él.

 

En el primer caso, la Décima se recordará en el futuro por las generaciones más jóvenes como el pórtico de un ciclo de dominio sobre el fútbol mundial. En el segundo, como las puertas del Hades, en cuyas tinieblas tanto le ha costado al Madrid reencontrar su alma.

 

Superada la borrachera de la euforia, la resaca de la razón me asaltó en el autobús que nos traía de Lisboa. Al cabo, se trata del Madrid, el club con el mejor palmarés del mundo. Interpreté, entonces, la Décima, desnuda de toda otra connotación, como el necesario punto de conexión entre la novena y la undécima copas de Europa. Lejos de cualquier representación como meta. Un oasis en el camino infinito.

 

Para estas líneas, imagino ahora ese oasis ocupado por la caravana de viejos madridistas. A la sombra de sus palmeras, envueltos en el fresco murmullo del agua cristalina, que tras la prolongada etapa al sol les alivia, conversan dos veteranos exhaustos. Repasan el camino recorrido, una forma de especular sobre los retos del porvenir, intercambiando desordenadamente sus reflexiones, al hilo del valor simbólico de un hito sin precedentes en la historia del fútbol.

 

— ¡Qué difícil es ganar la Copa de Europa! En su forma original, cuando la participación se ganaba con la victoria en el campeonato nacional, y era tan arduo llegar a disputarla, y en la actual, de participación más asequible pero que suma la dureza de la antigua Copa de la UEFA, al incluir varios equipos del máximo nivel de las principales ligas. El tópico no puede ser más cierto: de la Copa de Europa te echa el menor descuido. El récord más impresionante del Madrid, el que más desafía las probabilidades estadísticas, es haber ganado diez finales de trece.

 

— Y sin embargo, la Décima se le ha venido escurriendo de entre las manos en las semifinales. Por primera vez en Delle Alpi, la víspera de San Isidro del 2003. ¡Hace once años, nada menos! En el minuto 67 del partido de vuelta. Tras una paradinha mal ejecutada, Figo regaló a Buffon el balón que habría empatado la eliminatoria. Tenía muy mala pinta hasta un cuarto de hora antes. Pero el pánico se había apoderado de la defensa italiana tras la entrada de Ronaldo. Y a tenor del resultado final, si el portugués hubiera transformado ese penalti, el Madrid se habría clasificado para disputar la final de Old Trafford, por el mínimo margen del valor doble de los goles en campo contrario.

 

— Un penalti fallado refulge. En cualquier partido se dan situaciones similares, a la postre decisivas. Recuerda esa ocasión de Guti, más fácil de transformar incluso que el penalti. Las ocasiones marradas son bengalas. Su resplandor nos impide ver un cúmulo de circunstancias no tan aparentes y de mayor calado sin embargo. La clave de aquella semifinal, para mí, estuvo el sábado anterior, en el Nuevo Colombino. Le faltaban cinco jornadas a la Liga, que liderábamos con un punto sobre el Deportivo y la Real, y nos enfrentábamos al Recreativo, envuelto en la lucha final por evitar el descenso. El Madrid alineó a un equipo del que estaba ausente todo el ataque titular. La decisión se tradujo en un empate a cero que nos hizo perder el liderato. No reservó, sin embargo, a uno de sus futbolistas más decisivos, al que una lesión muscular apartó dos semanas de la competición. El desastre defensivo del Madrid en Turín tuvo nombre propio: Claude Makelele.

 

— Probablemente. El del hombre que no pudo estar allí, para poner equilibrio, con su irremplazable capacidad de sacrificio y su dominio de las faenas de neutralización de la creación del juego del contrario. Frente a la mala prensa de los estetas, le prestaba al Madrid galáctico armonía, cuya trascendencia dudo que nuestros dirigentes supieran apreciar. Un trabajo que quizá no requiera la técnica más depurada, pero exige mucha inteligencia posicional para la anticipación, visión de juego, excelente preparación física y espíritu de sacrificio.

 

— Su baja coincidió con la entrada del Madrid en barrena, pero no vayas a pensar que pretendo convertir su caso en la causa. Fue un efecto más de una política errónea de confección de la plantilla, amparada en la simpleza aquella de «Zidanes y Pavones». El típico eslogan resultón tan grato a esos jefecillos mediáticos a los que Valdano es tan cercano ideológica o sociológicamente. Proclama a los cuatro vientos el desprecio por la contribución al éxito de los especialistas en el trabajo menos lucido, y generalmente más sacrificado, de asegurar el balance defensivo.

 

— Sí, un trabajo de exigencias bastante alejadas de la cultura de la escuela del Madrid, por cierto. Pero hablas ahora de causas estructurales. No de detalles del juego, de la mala decisión de un delantero o el poco acierto de un portero en una intervención concreta. Estos también son determinantes en Europa. Aunque admito que sólo para los que han hecho las cosas bien o muy bien. Media docena, como mucho, de clubes por temporada. Por eso contaban aquella noche en Delle Alpi y no volverían a contar hasta muchos años después. No habría ocasión de que la Copa de Europa se nos escapara de las manos quizá hasta la semifinal de 2012 con el Bayern.

 

— Cuando en las decisiones de formación de la plantilla, el marketing pesa más que su suficiencia, que su equilibrio, ¿qué quieres? No creo que nadie sensato niegue la trascendencia del marketing para sostener un club hegemónico. Pero sin una plantilla completa y bastante los títulos se niegan, aunque parezca de forma ilusoria que están a tu alcance, como ocurrió la temporada 2004 con Queiroz en el banquillo. Y sin títulos no hay gestión societaria que aguante en el Madrid, cuya idea contemporánea, cuya identidad —¡qué bien la sintetizó Jabois en seis palabras!—, es esa: «El Madrid es ganar en primavera».

 

— Claro. Si la Copa de Europa es casi imposible de ganar, cuando la gestión deportiva no está a la altura de su exigencia, el casi no existe. No te dejas ni la oportunidad estadística. Recuerda los años de la descomposición de la primera presidencia de Florentino, los que van de ese engañoso 2004 al triste 2006, en que el Madrid acaba pareciendo, más que el Madrid, otro de los innúmeros proyectos de Jesús Gil. En 2004, tras eliminar al Bayern en octavos, nos apeó el Mónaco, con una plantilla muy inferior. Y punto final. Porque después se hace patente que el entrenador ha perdido su lugar en el Club. Con un Camacho que dura tres jornadas, con García Remón y Luxemburgo —tres entrenadores en una temporada—, con López Caro —dos en la siguiente—, cada uno con más autoridad técnica y social que el que le siguió.

 

— Sí, pero el cambio de rumbo en la dirección deportiva durante la etapa de Calderón, cuando el Madrid volvió a ganar la Liga, dos años seguidos, tampoco fue capaz de devolverle a la Copa de Europa.

 

— Es un Madrid menor. Satisfecho con objetivos acotados. Una plantilla a la que la Copa de Europa le viene enorme. El Bayern que nos echó el primer año estaba en sus horas bajas, y la Roma que nos eliminó el segundo era otro equipo menor. Con toda su complicación, que no quiero restarle mérito, en el fútbol actual la Liga siempre debe estar entre los objetivos de clubes de la dimensión del Madrid o el Barcelona. Y ganarla es lo suyo cuando el otro está averiado, lo que periódicamente ocurre. La segunda de esas Ligas el Barcelona casi no asomó por la cabeza de la tabla. Sin embargo, el último año de Calderón jugó con el Madrid durante todo el campeonato. Al final de la primera vuelta le llevaba cuatro victorias de ventaja. Una distancia insalvable que convertía en pírricos, o mejor dicho para la galería, los esfuerzos de los de Juande Ramos —tercer entrenador en tres años— durante la segunda mitad del campeonato, mientras los catalanes, sin rival doméstico, se centraban en conseguir su histórico triplete, y de paso nos hacían aquél humillante 2-6.

 

— Esto de los rivales domésticos tiene mucho que ver. Otro de los factores que condicionan la dificultad de ganar la Copa de Europa es la fiereza del campeonato nacional. Obviamente, no es lo mismo una liga disputada a cara de perro, de esas que no se deciden hasta la última jornada, que un paseo militar, que te permite reservar minutos y desgaste de tus mejores jugadores precisamente cuando llegan las fechas en que se enfrentan los grandes desafíos de la temporada, cuartos de final y sucesivos de la Copa de Europa.

 

— Por eso, por eso, cada vez que escucho el falso consuelo de «queda mucha Liga», para desdibujar la importancia de los errores de la primera vuelta, de los partidos no disputados en campos de equipos netamente inferiores, de los puntos regalados en casa, me entran ganas de asesinar. Con esas derrotas, que la etiqueta hace pasar por intrascendentes, se condiciona muy negativamente la posibilidad de victoria en la Copa de Europa.

 

— Precisamente. Recuerda el año de la Liga de los récords dos partidos a los que atribuyo consecuencias funestas en Copa de Europa. Los empates con Málaga y Villarreal, tres días después, un mes antes del partido del Nou Camp. Sobre todo el primero, en el Bernabéu y en el descuento. En los momentos finales de dos partidos bajo control aparente se desbarató una distancia de diez puntos. Así tuvimos que ir al Nou Camp a jugarnos la Liga, en plena semifinal con el Bayern.

 

— Bueno, en el segundo tampoco quedaba mucho partido, y si el disparo de Cazorla tuvo mérito, el lanzamiento de Senna no era precisamente imparable. Pero el Madrid había vuelto. Además de la liga de los récords, como has dicho, por segundo año consecutivo entramos en semifinales. Comparto que la inesperada complicación de la Liga pudo ser clave en perder aquella eliminatoria, que ilusoriamente nos pareció ganada en muchos momentos. Volvían a contar los menores detalles, el cansancio, la falta de concentración puntual, los errores no forzados, los penaltis cometidos, los errados,… En fin, teníamos de nuevo la fortuna de volver a sentir en toda su intensidad la dificultad de la Copa de Europa.

 

— Como que habíamos cerrado un capítulo funesto, con un episodio socialmente balsámico, que sin embargo supuso la ruptura definitiva de las hostilidades de la prensa contra Florentino. Algún medio editorializó que se trataba de la pérdida por el Madrid de la conexión con su legitimidad histórica, nada menos…

 

— ¡Venga! Creería que me hablas de la muerte de Santiago Bernabéu… Pero recuerdo la fecha de hoy como si de una gran victoria sobre el terreno de juego se tratara.

 

— Y haces bien. El despido de Valdano fue hormigón en los cimientos de las actuales victorias. Si la de ayer es una fecha de almanaque, por los triunfos del Madrid en las finales de su octava y su décima copas de Europa, la de hoy también. En 2011, nos trajo el fin, espero que para siempre, de un concepto nefasto de dirección deportiva, con el que no puede convivir el éxito. Así que le deseo que sus negocios florezcan y le vaya muy bien lejos de nosotros. Nada malo como ves, ni para él, ni para el Madrid. Su concepto, pero sobre todo su actitud, eran incompatibles con la cohesión en torno al proyecto deportivo que, después de tantos años vacilantes, por fin tenía el Madrid.

 

— A mí me confundió Florentino Pérez, te confieso. No dudaba de la importancia de su segunda presidencia para la recuperación del equilibrio social y económico, para restablecer una visión del negocio del fútbol capaz de soportar un proyecto deportivo ganador. Pero que pese a su confesión de que había aprendido de sus errores, recuperara a Valdano, y todavía con más galones…

 

— Hombre, la contratación de Mourinho dejó claro que Valdano no sólo no tomaba las decisiones de la estrategia deportiva, sino que poco influía en ellas. Eligiendo un entrenador de este perfil, el Presidente acabó con cualquier duda sobre el significado de aquella confesión. Dejaba clara la voluntad de reafirmación de la autoridad del entrenador sobre la plantilla, por muchas estrellas mundiales que tuviera a sus órdenes. Y pese a su mala prensa, que nunca nadie la tuvo tan mala y tan declaradamente hostil, y a sus conflictos con la plantilla, demasiados y demasiado aireados, cualquier madridista sensato reconoce que Mourinho hizo volver al Madrid por sus fueros. Es una verdad evidente que su trabajo está en la base de la Décima.

 

— Hay insensatos que niegan eso que tu calificas de verdad evidente. Los mismos que decían que Mourinho dejaría el Madrid como un solar. Sin reconocer que los hechos les han negado la razón, atribuyen todo el mérito al trabajo de Ancelotti. Como si del solar se pudiera pasar a un rascacielos en una temporada. Claro, que tampoco faltan insensatos que nieguen cualquier mérito al italiano. Que adjudican al portugués una Copa de Europa en la que dirigía otro equipo, batido, aunque no fuera en enfrentamientos directos, por el Madrid de Ancelotti.

 

— Es que, amigo, has ido a pisar el jardín en el que más pereza me da entrar. El de la larga lista de víctimas de la Décima, que en paz descansen. Y la menor es el Atleti de Madrid. ¡Cuántos talibanes, de uno y otro signo, ha dejado en evidencia! Andarán ocupados ahora en teorizar sus sinrazones, hasta dar con el discurso que les permita seguir cargados de razón. Que les aproveche. Durmamos un rato. Mañana continuamos el camino infinito. El próximo oasis, la Undécima.

 

— ¡Te sobra razón! Su propia leyenda anuda al Madrid a esta odisea sin reposo, en la que se van sucediendo las generaciones. Pero no todas estuvieron hechas de la misma pasta. Si tratas de descifrar el Madrid a través de su historia, no dejas de admirar que alcanzara tal grandeza pasando los momentos críticos que pasó. Habría desaparecido, desde luego, si aquellos a los que tocó cubrir la dura etapa de la posguerra hubieran tenido la moral frágil y el piar pronto de tantos de nuestros días. Ni siquiera consigo asumir que un personaje con la excepcional visión de Santiago Bernabéu sobreviviera a sus primeros once años sin ganar una Liga.

 

— En fin,… No había Twitter.

 

(publicado en GUIA REAL MADRID 2014-2015 de PERARNAU en agosto de 2014)

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