Me importa tanto la libertad de expresión que el Juez de Orden Público me procesó cuando usarla no era un derecho sino un delito. Me anticipo así a los que me contestan con la milonga de la libertad cada vez que critico algunas actitudes del Bernabéu. El debate no son los derechos fundamentales, sino la esencia del fútbol. O si quieren, la inteligencia en el fútbol: la adecuación entre nuestros objetivos y nuestras actitudes. Los seguidores juegan el partido. ¿O sólo ocurre cuando Simeone agita su grada y a los comentaristas se les cae la baba? Sostener que abuchear a tus jugadores es una forma de exigencia beneficiosa, es una coartada falsa. No dudo de que libera la tensión propia. Soy insoportable cuando veo al Madrid en la tele. Pero mientras los entrenadores rivales incluyan la actitud del Bernabéu entre las bazas tácticas a su favor, será difícil sostener que pitabas en beneficio del Madrid. Bueno, difícil no es, que ya se sabe lo del tonto y la linde.
El otro polo del desencuentro son los malos modales de los jugadores. Si quieres que cabalguemos juntos, que es como Álvaro Arbeloa citaba a la afición en los empeños imposibles, no puedes despedirte deportivamente de tus rivales y pasar olímpicamente de tus seguidores. Al menos, si quieres que sean tu gente: algo distinto de espectadores distantes, con acusada tendencia a la desafección cuando toca “morir” juntos. El club tiene que forjar ese “contrato social” que pedimos en el manifiesto “Otro Bernabéu es posible”, ya va para cinco años. Décadas de relaciones frías, y de mala política de club —que hay que ver cómo cambia el comportamiento de los mismos jugadores cuando recalan en otros clubes europeos—, han edificado ese muro de hielo. A Sergio Ramos la historia también le ha reservado capitanear los gestos que sustenten el deshielo. Y le sobra talento.
Publicada en MARCA, el 10 de febrero de 2018