Si crees en el Madrid, crees que cualquiera que pretenda levantar la Copa de Europa ha de cruzarse con él. Antes o después. Que se lo pregunten a Simeone, que se ha cruzado cuatro años seguidos. Y éste ya hubiera querido. Pero, cuando el sorteo de octavos, algunos dijimos que el PSG había tenido mala suerte. No era una fanfarronada, sino un ejercicio de objetividad. Es mala suerte ganar tu grupo para que el sorteo te enfrente al campeón de Europa. Probablemente Unai Émery hubiera preferido dejar al Madrid para Kiev y eliminarse contra el Besiktas, como el Bayern Munich. Queda media eliminatoria, en París, y va exigir todo el talento, el esfuerzo, la concentración y la solidaridad de nuestros jugadores. Pero ya está demostrado que el PSG tuvo mala suerte en el sorteo que le enfrentó a este Madrid que tantos habían enterrado. Tantas veces enterrado que el madridismo creyente se sintió reivindicado por la aclamada portada de MARCA pidiendo respeto.
El mismo madridismo cuya condición de inasequible al desaliento reivindicaba el tifo de Nadal. El que se hizo respetar en el Bernabéu sabiendo no rendirse a la adversidad, mientras en Twitter se harían listas de fichajes, imagino. Un campeón de Europa no gana los partidos con el título. Pero ha ganado el título en la competición más dura del mundo, de la que dice el tópico que no perdona un despiste, porque tiene un saber hacer: una cierta actitud competitiva. Y este Madrid —campeón de las dos últimas ediciones, o de tres de las cuatro últimas, que todavía es más difícil— lleva enraizado en su cultura el saber que se impone en circunstancias extremas. El que te da un lugar por encima de otros en la jerarquía de la competición. En Copa de Europa, al Madrid, a este Madrid, es difícil aguantarle la mirada. Mala suerte.
Publicado en MARCA el 16 de febrero de 2018