Sergio Ramos se estrenó en Copa de Europa, en el Bernabéu, en septiembre de 2005. Terminando el partido contra Olympiacos, recibió la segunda amarilla. «Este tío —le dije a mi hijo Iván—te hace un penalti en el último minuto de una final de Copa de Europa». Será difícil que los hechos obliguen a alguien a comerse sus palabras agoreras con tanta fuerza como a mí. Me lo recordó Iván, mientras nos abrazábamos en las gradas de Da Luz, el 24 de mayo de 2014.
Está pendiente glosar la importancia de Sergio como capitán. Su compromiso con el buen clima del vestuario, y la combatividad que transmite al equipo y a la afición. Pero el barullo formado tras su expulsión por Mateu Lahoz, aconseja otra cosa.
El pelotón de fusilamiento mediático dispara cuentas fragmentarias, récords demagógicos, y unas declaraciones de Carles Puyol que suenan a tiro de gracia. Puyol, sin embargo, ha debido ser una benéfica influencia para Sergio en el arte de ser «duro pero no violento». De otra forma no se explicaría que «el jugador más expulsado de la Liga» nunca fuera expulsado en 153 partidos vistiendo la roja, con la que le han amonestado una vez cada 7,65 partidos.
Con la blanca, ya depende. En el Sevilla de Caparrós recibió una amarilla cada 4,87 partidos. Nunca fue expulsado. Con el Madrid, en Liga, una amarilla cada 2,27 partidos y una expulsión cada 19 partidos. En Champions, una expulsión cada 36 partidos, incluyendo la vez que forzó dos amarillas, en el Amsterdam Arena, por orden de Mourinho. Si no, sería una cada 54. Cuando se manejan completas, las cuentas salen raras. Pero no vayan a sospechar de los árbitros que envían cartas de amor a Sánchez Arminio. Acabarían exigiéndoles que piten falta la próxima vez que Lucas Hernández le parta la cara a Sergio de una patada.
Publicado en MARCA, el 9 de diciembre de 2017