La Copa del Mundo se cruza como un arrecife sumergido en la navegación de la temporada. Si la disputa el Madrid, siempre se valora poco en España.Y habrá que decir que afortunadamente. Sólo se valoraría mucho en versión cataclismo, como corresponde al gusto hiperbólico con que la opinión publicada aborda cualquier contratiempo del Madrid.
Las aficiones americanas acuden masivamente a apoyar a sus equipos. No así la madridista. Incluso en una tierra tan próxima como Marrakech, en 2014, la correlación de fuerzas era infinitamente superior a los de San Lorenzo, cuyos hinchas habían volado haciendo escalas desde la lejana Argentina. Las tricolores florecen estos días en los Emiratos. También han hecho varias escalas, desde Porto Alegre, los fieles del Gremio que las visten. Sólo la proyección universal del Madrid ayuda, en cierta medida, a neutralizar la desventaja en las gradas. Hasta contra un equipo local, como en Yokohama el año pasado, o en la semifinal del miércoles, el Madrid disfruta de apoyo nativo.
Los hinchas del Gremio encarnan esta noche una esperanza compartida, en cierto modo, por los de otros grandes clubes del mundo. Si el Madrid pisa la cima, como en Champions League, en Cardiff, ya nadie será el primero en hacerlo. Esta noche quiere mantener la Copa del Mundo de Clubes. Es la primera vez que se da esa posibilidad desde que se disputa, lo que explica la dificultad del desafío. Es necio confundirla con la del penúltimo eslabón de una cadena de éxitos difícilmente repetible, que se extiende a dos temporadas completas.
Para coronar tan singular trayectoria, se ha ganado la posibilidad de sumar a su palmarés el sexto título campeón mundial, y llevar la tercera Copa del Mundo de Clubes a sus vitrinas. Se trata de una final. Entonces, siguiendo la advertencia de Di Stéfano, el Madrid esta noche no juega.
Publicado en MARCA, el 16 de diciembre de 2017