La característica más relevante de los refuerzos de este verano ha sido que «españolizan el Madrid». Eso, al menos, destaca una holgada mayoría de la prensa deportiva. Un argumento irrelevante en clave deportiva, que se engulle como un caramelo envenenado por muchos aficionados. Cuanto más tosca y plana la crónica o la plática, mayor importancia concede a esta circunstancia baladí. Honores de titular le dispensan algunas verdaderamente necias. Aunque cada día más raras, hay lecturas inteligentes. Apuntan a la Selección Española como beneficiaria venidera de la coincidencia. Jóvenes valores emergentes del fútbol español, llamados a constituir su eje, se reúnen en un equipo que disputa, con ánimo de victoria, la competición del máximo nivel mundial.
Hay un periodismo deportivo de usar y tirar. La prensa del Régimen. No hay apasionado del fútbol que recuerde sus columnas vacías de sustancia. Menos aún, los publirreportajes que, sin el más mínimo rubor, nos presentan a chavales que no han jugado un partido completo en primera división evocando a uno de los cinco grandes de la historia del fútbol. O a dos, si conviene a su agente. Y no exagero un ápice; es textual. Ahí está la reciente primera de uno de los dos diarios madrileños. Semejante falta de miramientos, no con el fútbol, sino con la razón, nos advierte que existe un público cuya inteligencia no es digna del menor respeto para esa clase de periodismo: Sus lectores. Si uno tiene estómago para comprar al día siguiente el diario promotor de semejante disparate, con mucha más facilidad se tragará el anzuelo en que el gusano es uno de los grandes mitos de la humanidad. El último refugio de los canallas, en palabras de Samuel Johnson.
Es cierto que nunca fue sobrada de prestigio la prensa deportiva. Entre sus compañeros de profesión dedicados a la información general, particularmente. Uno, en esa situación, extremaría el rigor de lo que escribe. La mayoría de los periodistas deportivos progresa adecuadamente, sin embargo, en el deterioro de la imagen del colectivo. La minoría que respeta su oficio, nos concede disfrutar de su capacidad de analizar la técnica y la táctica del juego, o de eviscerar, inteligente y sagazmente, el tinglado del fútbol. Encima escribiendo bien, habitualmente. Búsquense en Internet o en las principales librerías. Al respecto, Pablo Hernández Coronado, hombre clave para la grandeza del Madrid, cuya sensatez, inteligencia y sentido del humor se asomarán con frecuencia a este blog, culpaba al periodismo deportivo de todos los males del fútbol español. Tuvo la suerte de vivir sólo ciento un años. De haber seguido vivo, tendría que lamentar el día en que nuestra información fue puesta en las manos de eternos adultescentes, que escriben del Madrid como si lo hubiera fundado Iker Casillas.
Como no se han hecho acreedores a una emoción distinta del desprecio, ni les aludiría. Pero a los madridistas debe preocuparnos que, por ignorancia o mala fe, se falsee la historia del Real Madrid. Por los funestos efectos de la reescritura en la conciencia de una afición que, en no pocas ocasiones, se ha demostrado capaz de intentar conducir a los directivos por el camino del fracaso. El Madrid recupera una de sus señas de identidad de siempre: la españolidad de la mayoría de la plantilla, escribe uno de estos adultescentes. Una afirmación que sólo puede sustentar un grado de incultura parejo al de descaro de su autor. ¿Cómo, en otro caso, atribuir a esa circunstancia la propiedad de seña de identidad de un equipo español? De seguir a este gañán, el rasgo que -de acuerdo con la Academia de la Lengua- ha caracterizado al Madrid frente al Almería, ha sido la nacionalidad española de la mayoría de sus jugadores. No tengo más que decir.
Muy al contrario. Uno de los rasgos de la identidad del Madrid, en relación con la mayoría de los equipos españoles, ha sido la gran cantidad de jugadores de distintos orígenes que han militado en sus filas. Así lo prueba nuestra verdadera historia. La que refiere los hechos auténticamente sucedidos, no la imagen ideal de lo que el relator desea que suceda. Ocurrió con los jugadores nacidos y formados en otras regiones, cuando otros equipos reclamaban la pureza “localista”, y ocurrió con extranjeros, cuando no estuvo en boga la tendencia normalmente autárquica de los reglamentos federativos. Entre 1956 y 1960, en la triste y gris España que comenzó a abandonar la Autarquía con el Plan de Estabilización de 1959, doce extranjeros, muchos fundamentales en el equipo, contribuyeron decisivamente a ganar las cinco primeras copas de Europa.
Se que es materia ajena a los objetos de interés de la prensa del Régimen, pero hablando en clave futbolística, la única ventaja del español de origen es la facilidad del idioma común. Común, digo, a los cuarenta millones de españoles y a los trescientos ochenta y cinco millones de naturales de otros diecinueve estados en el mundo. Luego tampoco la ventaja es precisamente exclusiva. La realidad demuestra, por lo demás, que no se trata de un factor determinante; de un requisito que deba ponerse por encima de la calidad del futbolista. A la vista está que el idioma no impide a los españoles triunfar en mercados no hispanohablantes. Si me parecen muy acertados los fichajes que está haciendo el Madrid, no es por españoles. Es por las características técnicas y técnico-tácticas de los fichados, su potencial de crecimiento y su adecuación a puestos que resulta necesario reforzar, y se refuerzan, despreciando de nuevo las candilejas. El lector interesado en profundizar sobre esos aspectos, debe remitirse a Perarnau Magazine, Sphera Sports, Ecos del Balón, y similares. A semejanza de los Coros y Danzas de la Sección Femenina, la prensa del Régimen no alcanza más allá del argumento folclórico o pintoresco. Typical spanish.
Mientras un entrenador con pasaporte español ficha en Baviera para dirigir al campeón de Europa, la aspiración que esta prensa inocula en la afición es que se “españolice” el Madrid. Como si esa peculiaridad aportara algún valor en términos de rendimiento deportivo. Un equipo no vale más ni menos por la nacionalidad de sus integrantes, sino por la calidad de sus jugadores y su grado de compromiso con los objetivos del Club. Basta remitirse al mejor ejemplo a mano en el Madrid, para concluir que ninguno de los dos factores depende del pasaporte. Cristiano Ronaldo deja en evidencia, y resta todo valor, a la reivindicación que Alberto Bravo atribuye a su capitán: No soy racista, -habría dicho, de creer al redactor de ABC- pero hay que españolizar la plantilla.
No necesito pasear a Orillas del Duero, para que me venga a las mientes Antonio Machado. No se alarme el lector. No me refiero a la madre en otro tiempo fecunda en capitanes; madrastra es apenas de humildes ganapanes. Me alcanzan los dos famosos versos que reprochan a la Castilla andrajosa despreciar cuanto ignora. Sucede que, sin que ninguna intervención de la ingeniera genética haya mejorado su capacidad de análisis, celebran estos días la figurada “españolización” del Madrid los mismos cerebros preclaros que prestamente concluyeron que la sentencia del caso Bosman suponía la pena de muerte para el fútbol español. Después, cuando inserto en el nuevo mercado, el fútbol español alcanzó las más altas cotas de su historia, nunca escuché a ninguno de ellos el más mínimo atisbo de autocrítica.
Durante sus primeros treinta años de vida, castigaron al Madrid las mismas posiciones castizas y miopes. Hacían referencia al número de madrileños de la plantilla. O a la necesidad de que los futbolistas fueran aficionados y no profesionales. El argumento de fondo es el mismo. Un falso romanticismo. Afortunadamente, no triunfaron. De lo contrario, el Madrid habría tenido muchas más probabilidades de correr la suerte de la Gimnástica de Madrid, su rival de los años veinte, que de ser el mejor Club del Siglo. Quizá porque tamaña insignificancia es impropia de una ciudad construida por tantos forasteros, o quizá porque, siendo madrileño, había nacido en Almansa, enfrente tuvieron a Santiago Bernabéu. Colaboró con el secretario técnico Hernández Coronado en traer a catalanes como Ricardo Zamora o Pepe Samitier, o a vascos como Ciriaco y Quincoces. Quince años después, ya como Presidente, construyendo sobre cimientos que otros habían puesto, hizo el Estadio. El resto, lo sabemos. Por más que la prensa del Régimen se empeñe hoy en tapar, con el tupido velo del olvido, a los extranjeros Di Stéfano, Rial, Kopa, Santamaría, Domínguez, Puskas,… que tanto tuvieron que ver.
Y para poner en evidencia a estos fanáticos del patrioterismo, desde la Guipúzcoa feraz en futbolistas que han hecho grande al Madrid, de los Regueiro a Xabi Alonso, nos llega Asier Illarramendi. Inmediatamente ha sido motejado de traidor a la Patria vasca. Incluso por donostiarras emigrados, que tienen su vida y su oficio en Madrid. No tardaron sus equivalentes mesetarios en exigir que jure bandera. En twitter, por ejemplo, apareció en menos que nada el nic etarramendi. Y es que cuando el discurso se aleja del fútbol, con argumentos tan poco pertinentes al deporte como la Patria, esas son las previsibles consecuencias. La majadería no conoce fronteras. Una razón más, para no fijarse en el pasaporte.