Elegía y elogio de Esquilache

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José Mourinho. Entrenador del Manchester United a la fecha de incorporar este artículo al blog.

El día que hizo suyo el mantra de campaña de la progresía patriótica, el atlético Juan Echanove demostró alguna intuición. Mourinho -coreó- es capaz de sacar lo peor de cada persona. Nos confirmó el raído eslogan hace unos días mi compañero Gerardo Viada, mientras patrocinaba los intereses del diario El País en un juicio promovido por José Mourinho en defensa de su honra. Y no ocurrió en estrados.

Gerardo Viada. Abogado de EL PAIS y de Carlos Boyero. Foto El Faro de Vigo
Gerardo Viada. Abogado de EL PAIS y de Carlos Boyero. Foto: El Faro de Vigo

Aburridos, aguardábamos en un pasillo el comienzo de la vista, retrasada como si en un juzgado madrileño fuera a celebrarse. Transcurría la espera entre bostezos cuando, sin estímulo externo que mediara, el abogado Viada decidió convertir la antesala del tribunal en un mercado de abastos. Llamó -o hizo que llamaba- al teléfono de su cliente, adoptó un tono de voz tan alto como fuera preciso para asegurarse de que íbamos a oírle, y espetó: “Está aquí el hijo de puta este de Mourinho.” Mourinho estaba a su lado.

 

En treinta y tantos años de ejercicio, nunca tuve noticia de comportamiento tan vulgar, ofensivo y pendenciero de un abogado en situación semejante. ¿Qué clase de enfermedad social puede llevar a que encuentre natural proceder de ese modo reprochable un diputado -que lo fue- del mismo Colegio de Madrid que ennoblecieron abogados de la talla de Alonso Martínez o Bergamín?

 

En el régimen de pensamiento uniforme, que tanto se han esforzado en imponer a la opinión pública el cliente del letrado Viada y los medios de su grupo, nadie se preguntará por ello. La noticia nunca ha sido la provocación, sino la eventual respuesta del provocado. Sólo se admiten preguntas sobre noticias, basadas o no en la realidad, que admitan una única repuesta: La culpa es de Mourinho. Y la realidad se ha deformado cuanto fuera preciso para que los pretendidos hechos se acomodaran al predeterminado fallo.

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Manuel Alonso Martínez. Abogado ejemplar. Ministro de Justicia. Autor, entre otras cosas, de esa pequeña maravilla de Exposición de Motivos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

El mejor entrenador del mundo, desgastado en el heroico propósito de extirpar los atávicos males del Real Madrid, imponiendo una dieta de mérito y profesionalidad que, de cristalizar, habría significado para el futuro blanco mucho más que una Copa de Europa, se despidió el sábado, abroncado desde la grada por una buena parte de los beneficiarios potenciales de su ambición. Mourinho, déspota ilustrado, fue víctima de sus propios errores, desde luego, pero por encima de todo, de la ignorancia popular manoseada en provecho de una coalición de intereses ajenos a los propios de los amotinados.

 

Los más cínicos entre los cínicos se lavarán las manos en la jofaina del agua sucia. El Bernabéu, argüirán, dictó sentencia. Pero todo aquél capaz de ver a través de las turbamultas, encontrará en el modo de conseguir sus últimos objetivos estratégicos esta inclemente persecución que ha durado tres años, preocupantes analogías con viejos episodios nacionales que evocan el manejo más turbio del alma más fosca de las que en nuestro solar patrio coexisten. El sábado pasado festejaron su triunfo quienes han manipulado con ventaja el alma coagulada de la España profunda y no han tenido empacho en exacerbar todas sus miserias: la mediocridad, la pereza, la envidia, la desconfianza en el extraño, la autarquía, la jactancia en el atraso, la irresponsabilidad, la xenofobia. El mismo espíritu ignaro que sirvió de lazarillo a los ciegos que salieron a las calles a festejar la muerte de la libertad, aullando ¡Vivan las caenas!, doscientos años después de que el exconvicto Miguel de Cervantes dejara escrito para su Quijote el más sublime manifiesto: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que la tierra encierra, ni el mar encubre; por la libertad, lo mismo que por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

 

Entre uno y otro episodio, una muchedumbre excitada por los dueños de intereses opuestos al progreso también había dictado sentencia. Lo hizo destrozando a pedradas los cuatro mil faroles recién instalados en Madrid para iluminar sus noches ciegas; apagando las luces encendidas por un extranjero que, años después, inspirarán a otro extranjero, de nombre Luigi Boccherini, la alegre partitura que condensa la Música nocturna de las calles de Madrid. Esa primavera triste de 1766, en un rincón de Cartagena, a la espera del barco que habrá de devolverlo a su Italia natal, un hombre ilustrado se lame las heridas: «yo he limpiado Madrid, le he empedrado, he hecho paseos y otras obras… que merecería que me hiciesen una estatua, y en lugar de esto me ha tratado tan indignamente».

 

La historia de España relega a un desván vergonzante la memoria del exiliado Leopoldo di Gregorio, marqués de Squilace, cuyos desvelos y obras proclaman mejor Alcalde de Madrid a Carlos III, el Rey que trajo a Esquilache pero no supo o no pudo defenderle. Así somos.

Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache. O/L de Giuseppe Bonito
Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache. O/L de Giuseppe Bonito

(publicado en ZOOMNEWS, junio de 2013)

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