Como lágrimas en la lluvia

Nacimos prácticamente al mismo tiempo. Ella es, quizá, de Libra. De Virgo, yo. Es la Copa de Europa. Esa competición en que un portero se rompe, y un jugador de campo viste su jersey, sobre la camiseta embarrada del equipo. Estoy por el progreso, no vayáis a engañaros. Y cada día aprendo de vosotros, tan jóvenes, a entender el fútbol. Me abrís los ojos a nuevas variantes, formas de analizar el juego, visiones de la táctica, pero tenéis un defecto acusado. Habláis como si antes de ayer fue siempre. Y yo… Yo he visto cosas que vosotros no creeríais.

 

Aquélla Copa de Europa legendaria, sólo admitía campeones de Liga y al Campeón de Europa. Crecimos juntos, digo, y el Instituto Cardenal Cisneros me vio terminar el Bachiller superior, sin que yo hubiera visto al Madrid no disputarla. De párvulos a la reválida de sexto, los míos siempre hicieron los deberes en mayo. Y a primeros de octubre, al comenzar las clases, mi equipo estaba allí. Puntual en la cita con su amada. He visto rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser.

 

Por eso no tomaréis a mal que os diga, que viví una adolescencia sin clásicos. Es posible que tuvieran lugar en Barcelona, no lo niego. Entonces ni se viajaba tanto, ni eran tantas, ni viajaban tan deprisa las noticias. Pero yo puedo repetir de carrerilla la alineación del Atleti, esa que comienza en Medinabeitia y termina en Collar, y la bruma me nubla la memoria en un lugar perdido entre Pesudo y Sadurní, cuando quiero recordar la del Barça.

 

Me esfuerzo, y entreveo los colores mate de un cromo de Kubala, desteñido por el intenso aroma del pegamento Imedio, que domina el lugar donde guardo su recuerdo. Hemos perdido, por vez primera en seis años, una eliminatoria de la Copa de Europa. Sentado en las rodillas de mi padre, hago torpes prácticas de lectura, usando la portada de un boletín de socios del Madrid: “La ver-dad só-lo ti-e-ne u-na ca-ra, la men-ti-ra dos”. Y debajo, los retratos de dos ciudadanos británicos. Y es que he visto atacar naves en llamas, más allá de Orión.

 

Estaba allí, en el Gallinero, la noche de la Final de las botellas. Tampoco era un clásico. Era otra final de Copa. El examen de junio. La segunda convocatoria. La competición que peleaban los segundos, para hacerse un lugar bajo el sol nublado, en la segunda competición europea. La Recopa. ¿Cómo iba a ser un clásico, visto desde el Madrid con seis copas de Europa? Por mucho que las cosas han cambiado, el Clásico no termina de quitarse, para la gente de mi generación, ese regusto sospechoso a invento del ‘canalplus’, para vender abonos.

 

Dicta la propaganda que el Clásico nació un día de febrero de 1974. Puesto en contexto, ese día el equipo de Cruyff metió una mano al de Netzer, que Molowny había heredado el 20 de enero de Muñoz. Nadie quiere recordar que el Madrid acabó octavo aquella Liga, por debajo de Málaga y Granada. Y pocos, que ese junio, en la Final de Copa, Santillana, Aguilar, Pirri y Rubiñán metieron cuatro goles a Sadurní en el Calderón. Por razones que no vienen al caso, no estaba entonces para fiestas. Los celebré, es cierto. Pero no dónde hubiera querido. Así que yo sí lo recuerdo, especialmente bien.

 

He conocido gente que vio cosas que vosotros no creeríais. Hubo relevo atlético en la tercera Liga, contadas desde el día en que al viejo Chamartín le dejaron de caer obuses. Los de Bilbao sucedieron a los de Aviación. Un punto separó al Madrid, que hacía milagros para sobrevivir, de tener que jugar la promoción contra un segunda.

 

Los madridistas de los años del hambre no creían en milagros, sin embargo. Se sabían necesarios para torcer los acontecimientos hasta que lo parecieran. Y capaces. Y abarrotaron las gradas para vivir, como debe vivir una afición, la vuelta de la semifinal de Copa. Su equipo venía eliminado de Les Corts. El domingo anterior, el Barcelona le había ganado 3-0. Y mi padre, uno más entre aquéllas gentes arrojadas, me narró esa tarde de domingo en que el Madrid, sacudiéndose las cenizas que tiznaban su uniforme blanco, se clasificó para la final de la Copa, ganando 11-1 al Barcelona. Un clásico. Pero todos esos momentos, se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

 

(publicado en PERARNAU MAGAZINE, octubre de 2013)

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