Con la decisión disparatada de sustituir a un seleccionador a 48 horas del Mundial cuya fase de clasificación ha dirigido, sin precedentes en la historia de los mundiales de fútbol, aunque sobren precedentes —al menos 8— de la situación que abordaba con tan desatinada actuación, Luis Rubiales ha dejado claro que prefiere estar loco con todos que cuerdo solo. Se nos revela así una personalidad decididamente mediocre, sin el mínimo fundamento para el ejercicio del poder. Un individuo pagado de sí mismo, que es la peor forma de ser esclavo de los demás. Una autoridad vacía, absolutamente carente de auctoritas, desvelada por la patética frase con la que comenzó la rueda de prensa en que anunció la destitución de Julen Lopetegui: «A casi todos vosotros os he escuchado y sé que estáis de acuerdo con esta decisión».
Destapada así, por su propia debilidad intelectual, la auténtica naturaleza de la preocupación que le llevaba a tomar una decisión notablemente más perjudicial para la estabilidad y las expectativas de la Selección Española que la situación que impostadamente decía corregir —como no se le oculta a ninguna inteligencia normalmente constituida y como le pusieron de manifiesto los capitanes, que con Sergio Ramos al frente trataron de impedir la conclusión de este sainete disfrazado de tragedia calderoniana que nos llevaba directos al ridículo mundial— lo que debe preocuparnos es esta forma vicaria de ejercicio del poder federativo en la que el presidente es un pelele que firma los decretos que le dicta una turbamulta mediática excitada por el olor a sangre blanca.
Hay aún otro elemento tan preocupante, al menos, como el anterior. El hedor a falsedad que desprende la desaparición de escena del primer comunicado de la RFEF. Todo es como si, para mejor avenirse al relato mediático, alguien hubiera decidido alterar los hechos realmente sucedidos.
Publicado en MARCA, el 15 de junio de 2018