En 1984, en las gradas de Anfield, animaban a Michael Robinson los mismos criminales que el 29 de mayo de 1985 causaron la tragedia de Heysel. Por fortuna para el delantero, sus números de defensa central ya lo habían arrastrado del Mersey al Támesis. Para cuando lo empujaron hasta el Arga, nacía Indar Gorri (Fuerza Roja, en euskera). El Madrid de entonces conoce las pedradas y las bolas de acero del grupo de animación de Osasuna, declarado abertzale y de izquierdas, que lo mismo alentaba a Robinson que gritaba consignas de apoyo a una repugnante banda terrorista. Pero entonces mirábamos desde el costado.
Los patriotas estuvieron por Madrid en 2014. Lo celebraron con sus complementarios de Ultras Sur (sin tu rival no eres tú) con una edificante batalla campal en las inmediaciones del Bernabéu. Para Ramón Calderón, que insiste en hacernos trampas de trilero, esas no cuentan. Porque no son dentro del estadio, dice. Como si a estas alturas no supiéramos, parece que todos menos él, que las medidas policiales han desplazado la violencia física —no así la verbal, el racismo, la xenofobia, el machismo, y la intolerancia— de los super vigilados estadios a sus entornos.
Así que Robinson podría ilustrarnos sobre gradas podridas por la violencia, pero quizá le cueste encontrar la valentía tanto como el gol. En la grada del Madrid somos gente normal, por fortuna. No hace falta arrojo para permitirse la insolencia de calificar de impostura la misión de lograr un ambiente favorable a nuestro equipo. O sea, la misión que pretenden cumplir todas las gradas de animación, en todos los estadios, sin excepción. Y que no todas cumplen. Ni con igual eficacia, ni sin confundir animar a los tuyos con insultar al rival, ni sin instrumentar políticamente al estadio. Impostura es otra cosa. ¿Qué ha dicho Robinson del espai d’animació del Barça? Eso.
Publicado en MARCA, el 5 de enero de 2018