Luis Suárez jugará el sábado por dos razones. La primera es subjetiva. Mateu Lahoz decidió que derribar a Schär propinándole alevosamente un codazo en la nuca mientras le mantenía agarrado por el hombro, no integra ninguno de los supuestos sancionables con una amonestación según la regla 12. No hay duda de que Mateu vio la actuación de Luis Suarez, pues la sancionó con libre directo. Tampoco de que es el mismo árbitro que en San Mamés expulsó a Sergio Ramos, por saltar dos veces con el antebrazo separado del tronco, golpeando a un contrario en la disputa de un balón elevado.
Seguramente, Mateu ignoraba que Suárez estaba a una tarjeta de la suspensión y que la semana siguiente se jugaba el Clásico. Da igual, porque la segunda razón es estructural. La chocante omisión disciplinaria tendría remedio si el ordenamiento atendiera al valor del juego limpio que declara proteger. Pero no. Para reforzar la discrecionalidad de los árbitros, la administración de las reglas de juego protege las conductas antideportivas.
La temporada comenzó en el Camp Nou con el mejor ejemplo. Luis Suárez simuló un derribo en el área. Si el tramposo tiene éxito engañando al árbitro incompetente, De Burgos Bengoetxea en este caso, su conducta queda impune. La sociedad es consciente de la fechoría, sin embargo. Y ofende a su sentido de la justicia que, pese a dañar la equidad del resultado, el fraude deportivo no se sancione. Ya que no la alteración fraudulenta del resultado, sería sencillo resolver el desvalor de la impunidad del tramposo. Bastaría sancionar a posteriori todas las conductas antideportivas no castigadas en el campo por incompetencia arbitral. En tal caso, Luis Suárez no jugaría el Clásico, como sería justo. Pero el poder de los árbitros está muy por encima de la deportividad en la escala de valores de esta gente.
Publicado en MARCA, el 22 de diciembre de 2017