En una carta colectiva que pretende ser una declaración de amor al mando, pero el exceso de entusiasmo convierte en un monólogo de borracho, los árbitros de primera división se reconocen en un momento difícil. No explican la causa de esa dificultad. La referencia al mes de julio, sin embargo, aclara las cosas. En efecto, el 18 de julio, mientras ellos celebraban sus jornadas físico-técnicas en la Cantabria natal de su patrón, la policía detuvo a Villar por orden del magistrado Pedraz.
Si la organización profesional del arbitraje fuera la que debería ser, ningún momento de dificultad se deduciría para los árbitros de la detención del presidente de la Federación. Pero resulta que forma parte de esas telarañas clientelares a que hacen referencia las conversaciones entre los escuchados en el caso Soulé. En esa estructura técnicamente feudal, el detenido era el señor de su señor. Nada que reprocharles, por lo tanto. Al firmar la carta cumplen su parte del pacto de vasallaje: devuelven lealtad a cambio de la protección recibida. Cada uno de ellos gana unos 200.000 euros anuales (de media), sin dedicación exclusiva. Y deben a Sánchez Arminio, en última instancia, la decisión de aceptarles como vasallos.
Como todos los escritos de esta clase, la carta se articula como respuesta corporativa a un ataque exterior. Dirigido, en este caso, a “desprestigiar el arbitraje”. El arbitraje se desprestigia arbitrando mal. Así que alguna responsabilidad en su desprestigio les cabe a los abajo-firmantes. Mejor que en denunciar la crítica harían aplicándose a la solución que pueden poner por sí mismos: Tomar decisiones justas. Pero si deciden instalarse en la vía de los manifiestos de adhesión inquebrantable al mando, quizá debieran fijarse más en los narradores del NO-DO. La cosa épica les ha quedado muy floja en éste.
Publicado en MARCA, el 17 de noviembre de 2017