Tiene suerte el Madrid. Siempre se le aparecen predicadores dispuestos a recordarle los límites de la libertad. Desde toda clase de púlpitos. En cambio, el pobre Barcelona, no encuentra un hombre sincero que le advierta que el Rey está desnudo.

Por desgracia, los censores no parecen ser, precisamente, los más listos de la clase. Si fueran intelectualmente competentes, no digo brillantes, tanta abundancia de crítica sería de una utilidad extrema. Pero pasar el día recibiendo lecciones de cualquier charlatán, exige un derroche de paciencia, que resultaría mucho más útil aplicar en cualquier otra faceta del ejercicio de la presidencia. Con toda humildad, recomendaría a Florentino Pérez que, si no lo ha hecho ya, prescinda de la lectura de esta clase de prensa deportiva. Va a ser más feliz, y no va a estar menos informado. Y los madridistas más tranquilos. De otra forma, cualquier día nos quedamos sin presidente: Descanse en paz Florentino, falleció víctima de un ataque de risa.
La penúltima ración de fuego graneado tiene por objeto aparente cuestionar -¡a la luz de la ética!- la acción de pagar cien millones de euros por un cierto jugador de fútbol. Digo aparente, porque el fuego graneado, por mucho que en la carcasa de los obuses los artilleros escriban Dios te ama, se usa para madurar al enemigo y punto. Para llevarle por el camino de la rendición. Ni por el de la rectitud, ni, mucho menos, por el de la felicidad, fin último de toda acción humana para Aristóteles, como sostiene su “Ética a Nicómano”.
Se recupera, así, ahora con tintes seculares, la tradición iniciada por el ciudadano Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona. Coincidiendo, casualmente, con el fichaje de Cristiano Ronaldo, se le vino a las sinapsis neuronales la oportunidad de censurar «los dispendios descomunales realizados en algunos contratos deportivos». No quiero aventurar, como inmediatamente hicieron sus críticos, que en el proceso mental del prelado interviniera más la amígdala, el centro del sistema emocional del cerebro, que el neocórtex, sede del pensamiento racional. Nadie de los que desde el primer instante lo dieron por supuesto, me ha acreditado luego que el arzobispo sea un culé. Al contrario, si algo permiten presumir las preocupaciones sociales de que hizo gala el metropolitano de la diócesis de Barcelona, es que el pastor se identificará con las ovejas más pobres de su rebaño. En consecuencia, supongo que será del Espanyol.
La crítica a estas posturas –dicho sea ‘postura’ en la acepción más teatral del término, equivalente a ‘pose’, o mejor a ‘impostura’- no puede reducirse a la expresada en su Twitter por el portavoz del madridismo más fanfarrón y chabacano: «Sigo esperando al arzobispo de Barcelona criticando el despilfarro por Neymar. Con Cristiano no tuvo reparos en dar caña.» Disculpando la más que mejorable redacción, que achaco a los ciento cuarenta caracteres, eso es quedarse en la cáscara. Y encima, argumenta a favor de lo que pretende rebatir, admite “el despilfarro”. Claro, que no se pueden pedir peras a los alcornoques.
Identificar el problema de la doble vara de medir con el sermón del Corpus Christi, cuando el periódico en el que Tomás Roncero escribe todos los días es el paradigma de la evaluación asimétrica, sólo puede interpretarse como una maniobra de distracción oportunista; por lo demás, el adjetivo que mejor califica al personaje. Todo lo que nuestro campeón de la ética de geometría variable diga en relación con el juicio disímil de situaciones similares, desacreditará intuitu personae el argumento. Bastará traer a colación cualquiera de los ejemplos de apología del deportista español que, por decenas, pueblan su pedacito de hemeroteca. Tomás Roncero se las pone botando a nuestros enemigos, que debía ser como a Felipe II se las ponían sus amigos. Sobre su falta de autoridad moral, yerra completamente en el enfoque. En conclusión, mantener la boca cerrada y la pluma seca será el mejor favor que pueda hacer a su querido Real Madrid.
El problema no es la Iglesia romana, sino la prensa española. La molicie podría justificar que sólo cuando la operación de Gareth Bale está caliente, se ocupe de cuestiones relacionadas con la ética del mercado de futbolistas. Pero sólo el retraso mental o el ánimo demagógico puede explicar que desenfoque de esa forma las cuestiones que el caso Bale suscita. Y que no aborde los problemas por su orden lógico; un método que permite resolver los problemas, en vez de distraernos con sofismas. Poner el foco en el que paga el precio y no en el que lo fija, es la primera forma de adulterar la cuestión.
Desconozco hoy, sábado, si el martes, cuando ZoomNews publique lo que ahora escribo, se habrá cerrado el fichaje del galés. Pero, suceda lo que suceda, la razón no me permitirá desconocer que el precio lo fijó un mercado de competencia imperfecta; el de futbolistas de élite. Y que la cantidad que el Madrid termine pagando por el fichaje, será una consecuencia del cruce de su percepción subjetiva de la “necesidad” de incorporarlo, con la voluntad del titular de sus derechos, que no habrá querido liberarle de su contrato por menos dinero. Pero el vendedor, por las características de ese mercado, habrá tenido mayor control sobre el precio que el comprador. Plantearse si desborda los límites de la ética la conducta de no vender, por menos de cien millones de euros, los derechos sobre un jugador, que se compraron por siete millones de libras hace seis años, habría sido una cuestión mucho más sugestiva. ¿En qué medida podría vulnerar el principio universalmente reconocido de libertad de trabajo?
Resolver esa cuestión exige un análisis profundo y riguroso del caso concreto. Y antes, disponer de un sistema de referencia aplicable a todos los supuestos. Justo lo contrario de lo que demuestra, cada día y sobre todo cada noche, este periodismo de principios ad hoc y opiniones volubles que nos ha colonizado. Exige mucho menos esfuerzo, y mucha menos reflexión, desenfocar el problema; ignorar que el mercado de derechos sobre futbolistas está ordenado así, y el comprador está obligado a operar con arreglo a la ordenación de ese mercado. Y al desenfocarlo, contribuir a que subsistan sus perversiones. Un indicio más de que resolver los problemas es la última pretensión de los iluminados que se rasgan las vestiduras en nombre de la ética.
La conducta del comprador, que opera con arreglo a la ordenación del mercado, sólo puede cuestionarse, desde un punto de vista ético, a partir de un factor. El de su capacidad de obtener el rendimiento de la inversión, que le permita amortizar su coste y cumplir sus obligaciones económicas, sin desatender las ya contraídas. Salvo que Florentino Pérez nos oculte la realidad, el Madrid la tiene.
Y hablando de ocultar la realidad, es obvio que sí plantea problemas de orden ético la operación de Neymar. Pero no por su coste, Roncero, sino por su falta de transparencia. A estas alturas de la película, no sabemos ni cuánto pagó el Barcelona, ni cuánto cobró el Santos. Colocaría, ahora, entre signos de admiración, mi asombrada sorpresa porque tamaña ocultación no haya sido objeto de las amonestaciones éticas de la prensa deportiva. Pero me ahorro el exceso histriónico. Nadie me iba a creer, conocido, como es, mi manifiesto desprecio por su pretensión de imparcialidad y su capacidad de análisis racional.
Para relleno de sus columnas y tertulias, y satisfacción de su reciente curiosidad ética, puedo sugerir a nuestros comentaristas algún otro dilema pertinente a la materia:
¿Es admisible que un club gaste un solo euro en fichajes, mientras sigue debiendo a la Hacienda de todos millones de euros de impuestos? ¿En qué supuestos?
¿Es admisible que los clubes se endeuden por encima de su capacidad de generar recursos para amortizar las deudas?
¿Es admisible que sigan firmando contratos profesionales que saben, positivamente, que no pueden cumplir?
¿Es admisible que lleguen a acuerdos bajo la presión del descenso, para ocultar el impago de las deudas y evitar la sanción derivada?
¿Es admisible que el Gobierno de una Comunidad autónoma, incapaz de pagar las medicinas que expenden sus farmacéuticos, haga responsables a todos sus contribuyentes de las deudas de un club de fútbol arruinado por aquéllas prácticas?
¿Es admisible que no sea, este problema de la burbuja futbolística, la cuestión central del fútbol español para el periodismo deportivo?
¿Es admisible que los futbolistas no se sometan a los mismos controles de drogas que los ciclistas? ¿Es admisible que los medios no se ocupen de ello?
¿Es admisible que los poderes del fútbol bloqueen el uso de las tecnologías idóneas para limitar la discrecionalidad de las inapelables decisiones de sus árbitros?
¿Es admisible que los medios prefieran proteger la expectativa del escándalo a la justicia de las decisiones?
¿Es admisible que, en un país cuyo salario medio dobla el español, el precio de las entradas sea menos de la mitad que aquí?
¿Es admisible que nuestros periodistas deportivos no demuestren interés alguno por averiguar las causas de que la entrada del Getafe, por poner un ejemplo, triplique el precio de la del Bayern?
En fin, así podríamos continuar con una larga relación de cuestiones, susceptibles de un enfoque ético de mayor calado. En su lugar, sacar a pasear los seis millones de parados, cuando las plantillas profesionales admiten veinticinco jugadores, más que una villanía es una estupidez. De la finalidad demagógica de ese argumento falaz, da cuenta que no pueda superar su propio enunciado en abstracto. ¿Con seis millones de parados, cuál es la cantidad que resulta ético pagar por los derechos de un jugador de fútbol?
Como cualquier gestión, la del Real Madrid es susceptible de análisis y crítica. Supongo que nadie pretende lo contrario. En materia de fichajes, especialmente expuesta al error, ha cometido algún desacierto manifiesto. No sólo por la desproporción entre el coste de la inversión y su rendimiento deportivo, sino porque la ficha anual del jugador secuestra durante años importantes recursos, susceptibles de mejor empleo, y origina tensiones inflacionistas en la estructura salarial de la plantilla. Esto último, por cierto, también suele ser predicable de esas renovaciones “de por vida”, que tantas veces ha celebrado la prensa, en beneficio de sus amiguitos del alma.
Los fichajes pueden criticarse desde el punto de vista de su adecuación a la conformación de una plantilla equilibrada. Se revisan, entonces, las necesidades pendientes de resolver, frente a la idoneidad para satisfacerlas de las características físicas, técnicas y técnico-tácticas del jugador fichado. Incluso su temperamento y demás componentes de su personalidad. Centrados siempre el análisis y la crítica sobre la gestión deportiva y económica del club. En lo adecuado o inadecuado de las acciones de sus directivos y ejecutivos para la consecución de sus objetivos finales, que son los títulos deportivos. A corto, medio y largo plazo.
Si quieren impedir que el Madrid fiche a un jugador, háganlo argumentando desde esa óptica de gestión. Pero, por el amor de Dios, no desde el punto de vista de la ética. Porque, como dijo Napoleón Bonaparte, al que está claro que habrá que traer más veces a esta página, la demencia se caracteriza por la desproporción entre los fines y los medios. Y están ustedes poniéndose en evidencia.
(publicado en ZOOMNEWS, agosto de 2013)