UNA MIRADA BONPARTISTA AL MADRID DE LA 34

            De la 34ª Liga del Madrid recordaré la determinación de Sergio Ramos. Un capitán que, consciente de que nadie busca en el campo de batalla los galones que puede conseguir en una antesala, ha desdeñado públicamente —«me habría dedicado al tenis»— los premios individuales, para en su función de capitán dar al Madrid una ventaja considerable, libra por libra, frente al capitán del enemigo, debilitado por la adulación, que lleva pegada a la oreja como los perros las garrapatas.

            Recordaré a Karim y Thibaut. Benzema, el mejor delantero de la Liga, capaz de  perfeccionar técnica y tácticamente la expresión, que siempre fue exquisita, de un juego enriquecido —ya desde la temporada anterior— con un temperamento recio y una capacidad de liderazgo que muchos no sospechábamos en él. Courtois, arbotante del baluarte defensivo con sus intervenciones de estética desgarbada algunas veces, pero de eficacia sobresaliente casi siempre.

 

            Recordaré una ausencia. La del público en las gradas. Perdieron nuestros visitantes la ventaja que les regala el gentío ensoberbecido, ebrio de halago mediático, que castiga al equipo cuando los partidos se complican, agravando notablemente su dificultad. Y los partidos se complicaron, claro.

 

            En la determinación de su capitán, quizá, encontró el equipo la palanca de otro cambio decisivo: El de la actitud de unos hombres hechos a alcanzar la gloria, una, y otra, y otra, y otra vez, en las plazas más grandes, jugándosela siempre frente a los toros más bravos. O sea, chapados a la antípoda mística del rito dominical en que consiste la Liga la mayor parte del año. A la vuelta del confinamiento, vimos a los nuestros convencidos de que la primera virtud de un soldado es la constancia para soportar la fatiga, y el valor es sólo la segunda. Una convicción sin la que no es posible ganar ligas.

 

            Pero como sólo es duradera la disciplina que se adapta al carácter de la nación, era imprescindible templar el carácter colectivo, misión en la que la actitud de un general querido vale más que la mejor arenga.Zinedine Zidane diseñó el plan de campaña pensando que nada refuerza tanto a un batallón como el éxito. Y les dibujó una escalera al cielo. 11 escalones, a conquistar de uno en uno, con el valor de finales. Para ascender sólo vale ganar. El Madrid de la 34ª estaba más trabajado, se dirá. Vimos, es cierto, un equipo más adaptado en su maniobra a neutralizar sus debilidades y potenciar sus fortalezas. El Madrid de Zidane ha desarrollado las habilidades tácticas precisas para aplicar con éxito los mismos principios que Napoleón aprendió de César, y éste de Aníbal, y el cartaginés de Alejandro: mantener reunidas las propias fuerzas, no ser vulnerable en ningún punto y trasladar con rapidez todas las fuerzas propias a un punto dado, para, incluso con un ejército inferior, tener siempre más fuerzas que el enemigo en el punto que se ataca o es atacado. En eso, dijo Napoléon, estriba el arte de la guerra.

 

Publicado en LA GALERNA el 16.07.2020

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