Una reivindicación de Santiago Bernabéu (octava entrega)

Donde se discute qué hacer con la cuestión del Estadio.

 

1.- Los derechos de denominación.

Aparco la reflexión sobre las alternativas estratégicas en la cuestión del Estadio, porque para cualquiera de ellas tiene utilidad la posibilidad de incorporar una denominación comercial. Comenzaré, por lo tanto, por el planteamiento de esta cuestión, anticipando mi aproximación emocional, para que no quede oculta bajo la presentación de sus elementos objetivos.

Allianz Arena
Allianz Arena

 

Si inadvertidamente solicito a un taxista que me lleve «a Chamartín», ya puedo estar atento para que no me deje en la estación. Alguna vez —enfrascado en mis asuntos— me ha ocurrido tener que corregir al taxista a mitad del itinerario. El caso es que rebautizamos el estadio el mismo año de mi nacimiento, pero todavía en la época en que comencé a ir regularmente al fútbol, once o doce años después, usábamos el nombre que habíamos escuchado durante toda la infancia. El nombre que seguían usando la mayoría de los madridistas con los que coincidíamos en el gallinero. Y aún después de haber dicho y oído durante tantos años «el Bernabéu», a veces me viene a las mientes ese «Chamartín» de mi patria, que es la infancia, como dijo Rilke. Un hipotético «Zanussi Arena» se seguirá llamando «Bernabéu» por todos los madridistas tantas décadas así como esté situado entre Padre Damián y la Castellana.

 

Si la Junta directiva propusiera un día denominar a nuestro estadio «Zanussi Arena» para atender la cuenta de resultados ordinaria del club, sin obtener una verdadera ventaja cualitativa de ese cambio, más allá de un mejor equilibrio de explotación, que, incluso, se tradujera directamente en la rebaja de las cuotas sociales o el precio de los abonos, no encontraría ningún incentivo personal para apoyar una propuesta que, sin embargo, habría apoyado si el estadio se siguiera llamando Chamartín. Reconozco, es de ver, su valor a ciertos elementos simbólicos. Aunque dudo mucho que nadie pida a un taxista ir al Aeropuerto Adolfo Suárez —ya no digo al estadio Power 8— me parece acertado que en beneficio de su resultado de explotación clubes cuyo estadio se llamaba antes El Sadar, o Son Moix, o Cornellá-El Prat usen los derechos de denominación. Pero nunca sabremos, porque no es la hipótesis de actuación de esta Junta directiva, si la masa social habría participado de mi misma oposición al cambio de denominación frente a un veinte por ciento de descuento en el precio del abono.

La primera utilización publicitaria de la camiseta del Madrid
La primera utilización publicitaria de la camiseta del Madrid

Un buen día apareció sobre la camiseta blanca del Madrid la marca de unos electrodomésticos italianos. «Un gran club puede aceptar unir su imagen sólo a la imagen de una gran empresa», nos decía el boletín de socios de septiembre de 1982, para convencernos de la bondad de algo que «puede causar extrañeza, hasta perplejidad en el aficionado, pues es algo desconocido para él». Lo de extrañeza me pareció un eufemismo. Muchos «zorrocotrocos» de entonces teníamos un considerable cabreo. Treinta años después, madridistas de mi veteranía me mencionan «la mítica camiseta de ZANUSSI». Han leído bien: «de Zanussi», no «del Madrid de Camacho, Juanito y Santillana», por ejemplo. Acertó, pues, el pronóstico del citado boletín de socios que aventuró que, eso que yo llamaba «manchar la camiseta» —¿puede haber algo más ofensivo para un hincha?—, «al final será acogido en la mayoría de los casos con simpatía». No tiene más remedio que reconocerlo hasta un tipo como yo, que por voluntad de representación de la primacía esencial del equipo, no «mancha» con el nombre de un jugador sus camisetas blancas ya «manchadas» de serie con el «Fly Emirates», «Bwin», «Teka» o «Parmalat» de turno, y reserva un universo distinto de su consideración para la blanca con cierre de cordones de la temporada del centenario.

 

Antes que los clubes españoles, habían abierto esa línea de negocio los alemanes, ingleses o italianos con los que, con enormes dificultades, pretendíamos seguir compitiendo en Europa en condiciones de neta inferioridad. Seguramente las cantidades que se ingresaban entonces por el concepto de sponsorización de las camisetas serían nimias, no me voy a entretener en buscarlo. La sponsorización y el merchandising —ya me había disgustado la aparición de las tres bandas y el logo de Adidas unos años antes— explican hoy un tercio del presupuesto de ingresos del club. Alrededor del triple que los ingresos por abonos y cuotas sociales.

 

La explotación comercial de los derechos de denominación de un recinto tiene su origen en los albores del siglo pasado. Pero mientras en los Estados Unidos de América dio lugar a una auténtica industria, su aprovechamiento no llegó a Europa hasta casi cien años después. El asunto es que ya está aquí tan instalada como a finales de los setenta se instaló la sponsorización de la camiseta. Y en la lucha por la hegemonía el Madrid está en competencia directa con alguno de los clubes que mejor la ha utilizado para financiar su crecimiento.

 

Prácticamente todos los clubes de la Bundesliga tienen arrendada a largo plazo la denominación de su estadio por cantidades medias anuales que van del medio al dos por ciento del presupuesto anual del Madrid. El Bayern de Munich, sin embargo, ha cubierto la mayor parte de los costes de construcción del estadio más moderno y funcional de Europa —compartido con el municipio— mediante un arrendamiento a la aseguradora Allianz de los derechos de denominación durante treinta años. Más rendimientos anuales, y con un contrato a mucho más corto plazo, obtiene el Manchester City de Etihad, pero en este caso la transparencia mercantil es menor, por la vinculación del patrocinador a los propietarios del club, y porque también sponsoriza la camiseta.

 

Como he dicho en otra entrega, no tiene el club la posibilidad de detener el cambio de condiciones objetivas en que se desenvuelve la competencia. Ese cambio es la transformación del mercado, por modificación de las circunstancias socioeconómicas, o por la propia acción de los competidores. Lo que hay que exigirle al club no es que las detenga, por lo tanto. Es la capacidad de adaptarse a ellas, o mejor aún, de aprovecharlas para crear sus propias ventajas. De la buena utilización de esa capacidad depende el soporte de su capacidad competitiva en el futuro.

 

La generación de las nuevas fuentes de ingresos comenzó modestamente con los contradictorios orígenes del fútbol televisado, que describimos más adelante, y por la publicidad sobre las camisetas —nunca se valorará bastante, por cierto, el rescate del contrato con Dorna que llevó a cabo la directiva de Lorenzo Sanz y Juan Onieva, incluso si pudiera haber sido más barato, lo que no me consta—. La evolución de esos ingresos ha dejado meridianamente claro que «la virginidad», entendida como oposición a admitir las formas impuestas por la acelerada mercantilización del fútbol iniciada hace cien años, habría significado de nuevo la desaparición del club.

 

El reto de un presente de disputa de la hegemonía mundial en un mundo globalizado es la proyección mundial del Madrid. Un territorio explorado pero aún por colonizar, para lo que la Liga española constituye un problema en sí mismo. Aunque parezca un asunto colateral, hay que señalar que la deficiente explotación de los derechos de televisión, cuya ineficiencia se verá agravada por las nuevas normas de reparto de derechos, nos sitúa en peor posición de ingresos que el último clasificado de la Premier. Nuestra competencia, mientras tanto, es con «el dueño» de la Bundesliga. Otra rémora son las plantillas —no sólo la actual— demostradamente incapaces de sostener ciclos prolongados de éxitos deportivos. Todo lo que no es óptimo resta capacidad de proyección a corto, y más aún, a medio plazo. Pero esa es otra historia de la que hablaremos otro día. Frente a semejante desafío, lo que sí resalta patente es la incapacidad profunda —constitucional, yo diría— de esos personajes de sainete orientados al casticismo, el localismo, y el nacionalismo no ya para enfrentar, sino para entender siquiera, la dialéctica actual y las dinámicas a que necesariamente conduce.

 

2.- Las alternativas estratégicas en la cuestión del Estadio.

 

El estadio, en todo caso, continúa siendo la espina dorsal que vertebra el desarrollo del club. No es cuestión de que lo enseñe nuestra historia. Es teorema que demuestra el desarrollo actual de las mejores ligas del fútbol europeo. En su función de albergue de la afición y de campo de batalla del equipo, el nuestro ya ha dado de sí prácticamente todo lo que podía dar. No así en la faceta de su explotación comercial, desde luego. Por lo tanto, debo anticipar que si —como ha hecho el Bayern de Munich— para subvenir al máximo los costes de arrancar al Madrid un corsé que dificulta su crecimiento se utilizara la denominación comercial del estadio, nunca me opondría a esa aplicación de la mejor explotación comercial posible de nuestro patrimonio.

 

En relación con la cuestión del Estadio, la única estrategia que me parece radicalmente errónea es la de no afrontarla. La estrategia de dejar las cosas como están, que se opone al imprescindible crecimiento del club. Cualquiera de las otras, con sus puntos fuertes y sus puntos débiles, abre un escenario de crecimiento del club imprescindible para afrontar un futuro que, a tenor de las pautas de crecimiento de la industria del fútbol espectáculo, en el ámbito competitivo vendrá marcado, antes o después, por la disputa de una Liga Europea.

 

No comparto la posición del presidente Florentino Pérez y su Junta directiva —y sospecho que de la mayoría de los socios del Madrid, y me consta, como hemos visto, que de una amplísima mayoría absoluta de los socios de Primavera Blanca— sobre el frustrado proyecto de remodelación del Estadio Santiago Bernabéu. Mi visión se encuadra con la de esa minoría partidaria de la construcción de un nuevo Estadio. Las dos posiciones tienen sus fundamentos estratégicos, que me limitaré a exponer brevemente. En favor de la que promueve la Junta directiva, reconozco además que tiene sus números echados. Desconozco si existe una proyección económica de su alternativa.

Proyecto de Remodelación del Santiago Bernabéu, frustrado por decisión judicial.
Proyecto de Remodelación del Santiago Bernabéu, frustrado por decisión judicial.

Remodelar el Bernabéu se basa en la explotación de una ventaja diferencial del Madrid frente a la mayoría de los grandes clubes europeos —hoy la competencia es por la hegemonía mundial, no como en tiempos de la profesionalización— al tener su estadio situado en el centro neurálgico de una de las grandes metrópolis europeas. Esta circunstancia permite llevar al óptimo la explotación comercial diaria de la superficie —de hecho se hace hoy, lejos del óptimo, con los restaurantes y el Tour del Bernabéu—, y por lo tanto obtener una partida de ingresos inasequible para los clubes en competencia. Al mismo tiempo asegura una regularidad de los ingresos por taquilla probablemente muy superior a la de un estadio periférico.

 

Construir un nuevo estadio en Valdebebas, posibilita crear sinergias con un «circuito temático Real Madrid» del que ha apuntado intenciones de desarrollo la Junta directiva. En ese escenario, su cercanía a un aeropuerto intercontinental permite convertir los partidos del primer equipo en un polo de atracción para estancias de día completo dentro del ámbito temático de los públicos foráneos —incluso de países alejados— cuyo gasto medio multiplicaría varias veces el precio de la entrada.

Mucho terreno para edificar el patrimonio del Real Madrid del futuro
Mucho terreno para edificar el patrimonio del Real Madrid del futuro

Un estadio de nueva factura facilita la satisfacción de las diferentes expectativas de los diversos segmentos de público potencial, con estándares actuales de comodidad y servicios diferenciados, lo que no es posible resolver de forma óptima con la remodelación del Bernabéu. También permite aumentar el aforo hasta el óptimo para aprovechar íntegramente la demanda en los grandes partidos —algo imposible en el actual— y atender la amplia demanda existente de ampliación del abono, aumentando en este último caso los ingresos fijos y regulares, y el volumen del anticipo de tesorería vinculado a esta modalidad de entradas. Como consecuencia de ambas medidas, ofrece la posibilidad de establecer sin tensiones sociales añadidas un nuevo estatuto del abono que termine con la detracción de ingresos potenciales que significa la reventa organizada, cada vez más amplia y agresiva en tiempos de Internet. El incremento del abono en localidades populares, con el diseño de amplias gradas orientado a la animación, permitirá, en fin, superar la más grave deficiencia de nuestro viejo estadio, además de incrementar notablemente la calidad del espectáculo, del que forman parte sustancial las masas de hinchas activos —aunque la pésima realización televisiva de la liga española parezca no entenderlo—, mediante imágenes de alta definición.

 

La integral de todos esos aspectos debe traducirse en un incremento considerable de los ingresos de explotación del estadio, aunque, ciertamente, no diferencial sobre el que podrían aspirar a alcanzar otros grandes rivales europeos.

 

Ni una ni otra alternativa son producto del respeto a una falseada tradición, ni apelan a supuestos principios inmutables, ni se apoyan en «valores» fantásticos. Ambas persiguen la maximización de ingresos del Madrid, pero se subordinan a prioridades distintas. La primera, más racionalista, a explotar una ventaja diferencial con los clubes en competencia, ya expuesta. La segunda, más visionaria, a neutralizar una desventaja diferencial: La falta de temperatura emocional del Estadio Bernabéu. Un problema real para el rendimiento deportivo del Madrid, aunque la prensa por conveniencia, los rivales por oportunismo, y los directivos y jugadores por corrección política, prefieran no identificarlo como tal.

 

El hecho de que —con muy superior responsabilidad del Ayuntamiento de Madrid que del club— la jurisdicción haya anulado las actuaciones urbanísticas que soportaban la operación de remodelación planteada, dando al traste con el proyecto de remodelación proyectado; el cambio de la composición política del Ayuntamiento; y el procedimiento de investigación formal de ayudas de Estado abierto por la Comisión Europea en relación con los convenios de permuta otorgados en 1998 y 2011 con el Ayuntamiento de Madrid —que condiciona las posibilidades de un eventual saneamiento futuro de las actuaciones urbanísticas—, han abierto un nuevo escenario en el que merecería la pena debatir las distintas alternativas estratégicas de solución de la cuestión del Estadio. No parece, sin embargo, que esa vaya a ser la dirección que adopte la Junta directiva. Su alternativa al colapso jurídico del proyecto se orienta a replantear la operación de remodelación, pero exclusivamente sobre los terrenos hoy disponibles.

 

Al hilo de estos avatares jurídicos, no se puede obviar que causa sonrojo el hecho de que sujetos que se tildan de madridistas coincidan con los intereses de los «sospechosos» de animar la denuncia secreta ante la Comisión Europea de la que trae causa el procedimiento de investigación formal. Más vergüenza, aún, produce el contenido de sus mensajes en las redes sociales alegrándose de que se frustren expectativas de crecimiento patrimonial del club, mediante la legítima utilización de un patrimonio acumulado —con esa legítima expectativa, como vimos al evocar la presidencia de Parages— por las generaciones de socios que nos antecedieron. La generación actual, del mismo modo, está acumulando un patrimonio —la Ciudad Real Madrid de Valdebebas— que harán bien en utilizar en el futuro las generaciones que nos sucedan, para conseguir mantener al Real Madrid, cuyas banderas ya no veremos, en la hegemonía del fútbol mundial. Ese era, precisamente, el pensamiento de Santiago Bernabéu, que de esta forma traicionan groseramente sus supuestos albaceas.

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