Donde expongo las causas de mi cabreo y aborrecimiento.
1.- La torpe instrumentalización del mito de Santiago Bernabéu.
En el caso de la utilización partidaria y torticera del mito de Santiago Bernabéu, la manipulación que, más que perplejidad, me causa indignación es precisamente la contraria. Para poder enarbolar su mortaja como banderín de enganche, el madridismo más reaccionario despoja a Santiago Bernabéu de los caracteres esenciales que le convirtieron en un mito universal. Se le niega su virtud.
A despecho del odio que destilaban las críticas de sus detractores contemporáneos, Santiago Bernabéu no es sólo un mito para el Madrid sino que lo fue para el Fútbol. Precisamente por eso, se indigna uno contra esos amigos interesados que, con el fin de poner su mito al servicio de su labor obstruccionista, degradan su imagen, por su sola asociación con ellos mismos y con sus planteamientos reaccionarios, de forma que no hubieran soñado sus enemigos de entonces.
Aunque vivo en nuestro recuerdo, Santiago Bernabéu lleva muerto casi cuarenta años. No puede defender su imagen, ni su pensamiento, ni su obra, ni la línea de actuación que sólo su decadencia física interrumpió, de la torpe adulteración a que las someten estos impostados albaceas amarillos cuyas peregrinas estupideces habría despachado en dos patadas con su proverbial socarronería.
El Real Madrid —su Real Madrid, y el de todos los pensamientos que Bernabéu heredó, sintetizó y aplicó genialmente— tampoco ha hecho mucho, y en todo caso mucho menos de lo que debía, para esclarecer su figura, construyendo el relato «auténtico» del Madrid. Siguen pendientes un impulso decidido a la investigación, con rigor académico y sin censuras ideológicas sobre épocas clave, de la verdadera historia del Madrid, y un compromiso constante del club con la difusión de los resultados de esa tarea, tanto a nivel académico como divulgativo. Una labor de recuperación de nuestra memoria que suministre las claves de nuestro propio relato sobre nosotros mismos.
Esa misión, postergada en los años de la Transición, nos habría conectado con los fundamentos de una sociedad democrática y limpiado de infamias las causas de la grandeza del Madrid, que no empieza en Bernabéu sino que hunde sus raíces en el pensamiento y la acción de muchos que le antecedieron. Sobre todo, nos habría liberado de absurdos complejos, de hipotecas de comportamiento impuestas desde el exterior del club invocando supuestas herencias históricas para condicionar nuestra independencia y nuestra libertad de acción. Si se hubiera hecho lo que aún se debe —a Santiago Bernabéu y al madridismo—, hoy sonreiríamos con sorna ante el desafuero a que ahora someten su figura estos imaginarios deudos. Serían despreciados como trileros.
2.- Conservadores y avanzados.
La historia del Madrid está cuajada de ejemplos de cómo una minoría lúcida y decidida impuso su visión de futuro, heterodoxa e iconoclasta, al conservadurismo probablemente mayoritario en su masa social.
Como no hablo de política, cometerán un error los que pretendan identificar esto que digo con etiquetas políticas. No. Hablo de actitudes vitales. De disposición intelectual. De grados de propensión a la asunción de riesgos. De visión orientada hacia lo que —quizá— vendrá, o hacia lo que —seguro— fue.
Todas las grandes ventajas estratégicas conseguidas por el Real Madrid se deben a una orientación que el profesor Bahamonde —autor del retrato menos canónico y más científico del Real Madrid, porque escribió su historia con rigor académico— caracterizó como «proyectar el fútbol hacia el futuro». Todas, también, responden a planteamientos y decisiones que fueron combatidos por los conservadores en nombre de los principios inmutables, o de lo que fuera que vistiera los ropajes de la tradición, la sensatez o la prudencia, por muy anchos que le quedaran.
Santiago Bernabéu, políticamente conservador —un monárquico, no un fascista, como lo ha querido pintar la propaganda antimadridista— y de sensibilidad populista, fue uno de estos hombres con visión de futuro y una actitud decididamente favorable al progreso y a la asunción de los riesgos que comporta cambiar. A mi modo de ver, el más genial de todos ellos. El que mejor sintetizó en sus ideas y proyectos esa capacidad característica de anticipar el futuro de que ha hecho gala el Real Madrid en los momentos más arduos de su historia.
En cada una de las encrucijadas que jalonan su historia, el Madrid —la minoría lúcida que lo gobernaba— tomó un camino arriesgado y sin retorno. Un camino que condicionaba sus decisiones futuras a la explotación de la ventaja que se trataba de obtener. Fueron a veces tan decisivas esas ventajas que los clubes rivales, en ese momento hegemónicos, tardarían años en neutralizarlas después. Al tomar un camino sin retorno, el Madrid —lo demostraron los hechos posteriores—había abandonado un camino sin salida.