
Arbeloa no es una persona cualquiera. Y no termino con ésta las alusiones a la canción que Calamaro escribió a Maradona. No es Álvaro Arbeloa un hombre pegado a una pelota de cuero. Y mucho menos, tiene un guante blanco calzado en el pie. Ni falta que nos hace.
Apreciamos su dominio del tempo y el espacio en la transición defensiva, cuando el equipo ha perdido el balón. Necesitamos que anule la superioridad de un dos contra uno en su banda, achicando el espacio de los atacantes en ventaja, sabiendo limitar, dividir y distribuir la presión, en lugar de entregar alocadamente su espalda. Ayer se lo vimos hacer en el lateral izquierdo, en una de las jugadas de más mérito del partido, reduciendo a la nada la superioridad contraria. Una de esas jugadas que ni saben ver —ni si supieran, querrían ver— esos petulantes que mucho predican, pero rara vez fútbol, desde sus púlpitos radiofónicos.
Requerimos la recuperación del balón, sea por él mismo o por un compañero, a ese contrario que Arbeloa ahogó, como a un pez fuera del agua, al cerrarle todas las salidas. La recuperación que alumbra el contraataque del Madrid. Ayer, también, le vimos lanzarlo a partir de un balón interceptado por él en el ángulo izquierdo del área grande. Y la jugada terminó en gol. O mereció haber terminado así. Como varios de los pases que ha dado este año, y que no se convirtieron en asistencias de gol por el desacierto de los delanteros, a los que Arbeloa generosamente reivindicó ante la grada y ante la prensa. Como un jugador de equipo. Como un capitán. Pero no son esos pases lo que de él exigimos. Porque de Arbeloa, sobre todo, anhelamos su capacidad de devolver el equilibrio, cuando nuestra defensa lo ha perdido.
Hace unos años, en la tertulia de Miguel Ángel Méndez, en Radio Marca, defendí -en solitario, frente al resto de los contertulios- mi opción para el lateral derecho del Madrid. Tiempos en que, todavía, Sergio Ramos era titular. No se me ocurrió cosa mejor que comparar las aptitudes defensivas de Arbeloa con la fiabilidad del mejor tractor John Deere. Imagen tosca, pero plástica. Describía la idea que pugnaba por transmitir a la audiencia: La del futbolista que acepta con humildad el sacrificio defensivo. Sin excesos, ni dimisiones.
No reniego de mi tosquedad. Ayer, Carlo Ancelotti aludió a la misma idea que me había servido para comparar el desempeño de los dos laterales: «Le dije [a Ramos] que tenía que cubrir la espalda. El peligro está en la espalda siempre, no al frente.» En su día, Ronaldinho y Henry sentaron cátedra sobre eso mismo, sobre el césped del Santiago Bernabéu. Nada que excediera la capacidad de arreglarlo de ‘Marca’.
El papel lo aguanta todo. El pequeño detalle de que Maldini jugara en la banda izquierda, no iba a impedir al decano de la prensa deportiva madrileña presentarnos en primera a su heredero. Aunque se moviera –todavía- por la banda de Tassotti, a todas luces, mucho menos comercial que el lombardo. A pesar del testamento de Maldini, seguí convencido de que un defensa, ante todo, y sobre todo tipo de interés, debe defender. Al servicio del conjunto. Visto el partido de ayer, no se me tachará de exagerado, si vaticino que está al caer la portada de ‘Marca’ que nos presenta al heredero de Baresi.
Tiempo después de aquella tertulia, Mourinho ubicó definitivamente a Ramos en el centro de la defensa, y nos llegó el Arbeloa titular. Y alumbró un guerrero. “Juega sin mirar atrás, tiene la alegría salvaje en la victoria y el gesto triste de animal cautivo -pero no vencido- en la derrota. Le dicen de mirada altiva, y no hay duda, eso es un rastro del reino antiguo que lleva dentro.” Ángel del Riego (@la_meseta_uber) hizo ese retrato definitivo, más allá de Arbeloa: del madridismo. Ni de boutique de Lista, ni de mercadillo del área metropolitana. Del madridismo cargado de verdades. Álvaro Arbeloa, sí nos representa. La semblanza completa, en la página de Primavera Blanca: Así vemos el fútbol los que seguimos pronunciando la palabra con consonante dental, no con labial oclusiva, al uso del padre espiritual y amigo invisible de nuestro segundo portero.
No me importa en que lío se meta Arbeloa. Mucho, sin embargo, los líos en que se meten otros de los nuestros. Por falta de cultura o de fundamento ético. Por inmadurez unos, directamente por idiotez, quizá congénita, otros. Por falta de profesionalidad, en todo caso: un rasgo fuera del alcance de Arbeloa.
Profesional a tiempo completo, Arbeloa no esquiva los líos. Y, no lo puedo negar, se gana a pulso sus enemigos. Le sobra inteligencia para tirar huesos a los perros. Pero, entre la adulación y la sinceridad, elige verles ladrar a mover la colita.
Arbeloa es un hombre pegado a principios que se proyectan más allá de la pelota de cuero, y sin embargo influyen mucho más que un control bien orientado en el rendimiento global de un equipo de fútbol. Y no los negocia, cuando toca decir lo que piensa. De ahí, que sea el único al que la Prensa del Régimen no tapa sus errores por ser español y canterano. Circunstancias, cierto, que para muchos madridistas –Arbeloa, el primero- no cuentan en la tabla de méritos para jugar en el Madrid. Pero no deja de revelar la podredumbre moral de sus enemigos, que los mismos “argumentos” que valen para que no se nos permita cuestionar el desempeño de unos, no sean de aplicación a su caso.
En mayo, gentes que desviarían la mirada si encontraran a su madre pidiendo en un semáforo, amablemente le “aconsejaron” salir del Madrid. Lo mismo que a Diego López. O le recetaron, para curar su enfermedad, la medicina de la humillación. Ante quien, a la postre, sería segundo portero de Ancelotti. Ellos habían proyectado la reconquista de su imperio. Repleta de autos de fe. Y en el escenario, la muerte moral o futbolística de Arbeloa, debía parecer un accidente.
Como en el caso de Diego López, les frustró su impensable resurrección. Fruto de la profesionalidad y el desempeño. ¿Para eso hemos ganado una guerra?, se indignan hoy, al rancio estilo de los alféreces provisionales durante la Transición. Derrotados por la realidad, subieron los decibelios del ruido de la propaganda. Y popularizaron, para consumo fácil de la masa ignara, lo del “cono”, lo de su aislamiento en la selección española, y otros elementos de descrédito. Ayer, Arbeloa, que no había comenzado su mejor temporada, demostró en el Bernabéu que sabe sacar provecho de sus enemigos. Como corresponde a un hombre inteligente, que ya he citado aquí alguna vez a Jenofonte. Y se ganó los cánticos de la grada.
Dicen que la grandeza de un hombre se mide por la talla de sus enemigos. Una frase redonda, pero una gran tontería. La estatura moral e intelectual de un hombre, hace aparecer a sus enemigos como enanos. De esos, Arbeloa tiene legión.

(publicado en ZOOMNEWS, noviembre de 2013)